Distancia y cercanía

Los pensamientos y los sentimientos pueden determinar nuestra vida. Podemos dejarnos influir en todo cuanto hacemos por sentimientos de enfado y resentimiento. Es muy importante tomar en serio y examinar nuestros sentimientos. Nunca debemos hacer de ellos un análisis valorativo a la ligera, porque en todos se encierra un sentido, en todos hay algo que interpretar. Incluso los movimientos de rabia y enfado tienen su sentido, su razón de ser. Lo importante es proceder de manera congruente. Las agresiones –energías naturales indiferentes en sí- tienden a regular las relaciones entre cercanía y distancia. Si pierden su neutralidad y se disparan en dirección agresiva, es una señal preventiva para indicar que necesitamos establecer mayor distancia, que hemos otorgado a otros un poder excesivo sobre nosotros.

De mí mismo puedo personalmente afirmar que, por motivaciones religiosas, infravaloro en exceso mis sentimientos. Cuando estoy confesando y me enfado por la dificultad y torpeza de la conversación, me digo un tanto descompuesto: “El otro no colabora. Yo soy sacerdote y estoy procediendo con cordialidad”. Pero un compañero me dijo en cierta ocasión, con toda razón: “Pon más cuidado en dominar tus enfados, porque, de lo contrario, acabarás haciéndote antipático para todos”.

Conozco a personas que eran propensas al entusiasmo en sus años de juventud y que ahora se han vuelto pesimistas, críticas y destructivas. La explicación es que nunca en su vida han dado a sus reacciones de enfado el valor que merecían, y ahora se irritan por todo. Debemos estar prevenidos para no llegar a tanto. Es una obligación por nuestro bien y por el bien de los demás.
Anselm Grün