Un regalo

 

 

 

El amor es una necesidad en el hombre. También lo es la amistad. Sin amor y sin amistad, el hombre inevitablemente enferma, el hombre es un enfermo en el alma. La amistad fue la fuente mágica donde bebían los antiguos filósofos y poetas, el tesoro cuyas excelencias cantaron. Para los filósofos griegos la amistad es siempre una expresión de virtudes. Pitágoras, fundador de un círculo de amigos interesados por la filosofía, llega a llamar a la amistad «madre de todas las virtudes», porque, según él, sólo pueden ser sujetos de amistad los hombres de corazón noble, los hombres con un núcleo de bondad en el corazón.

 

 

 

El egoísta, en su eterno girar en torno a sí, se hace prisionero de sí mismo. El egoísta, por tanto, no es sujeto apto para la amistad. Para una amistad auténtica se requieren varias condiciones o presupuestos humanos. Pero todos están de acuerdo en que el fundamento de donde arranca toda amistad y la primera condición para que unos hombres se relacionen con vínculos de amistad con otros es algo de origen divino, un regalo de los dioses. Por eso dice Platón, el más significativo entre todos los filósofos griegos: «Es Dios quien crea la amistad. Es él quien lleva a un amigo al encuentro de otro amigo».

 

 

 

Siempre es un poder superior el que, como última causa, lleva a unos hombres al encuentro con otros en cuyas almas resuena la misma melodía. Muchas veces no saben los amigos explicar por qué se hicieron amigos ni cómo surgió la amistad. El nacimiento de la amistad tiene siempre algo de misterio. De pronto está allí, la amistad. La puerta de mi corazón ha quedado abierta a los hombres.

 

 

Anselm Grün