Valores inapreciables

 

 

 

La escritura es algo que forma parte esencial de la amistad. A la amistad le debemos las más bellas cartas de la literatura universal. Hoy, debido a las modernas técnicas de comunicación, estamos olvidando el arte de la comunicación epistolar. Y, sin embargo, la amistad necesita la carta en la que yo comunico a mi amigo cómo estoy y lo que me pasa. Konstantin Raudive dice en cierta ocasión: «Los que nunca han intercambiado una carta no se conocen». Para el filósofo Ernst Horneffer, una carta a un amigo es como una fiesta entre semana: «¡Que mi carta sea para ti como una fiesta de la que puedes disfrutar». Un sabio griego dijo: «Una vida sin fiestas es como un largo viaje sin albergues. Búscate en el largo y fatigoso viaje un lugar de reposo para el alma, una carta».

 

El amor que llevamos dentro necesita expresarse hacia fuera. La carta es una permanente expresión de amistad que yo puedo leer cuantas veces me apetezca. Francisco Javier leía de rodillas y con lágrimas de emoción las cartas de su amigo Ignacio de Loyola. Su amistad permaneció viva hasta el final gracias a sus cartas, a pesar de que los dos amigos no volvieron a verse en vida.

 

Cuando escribo una carta a un amigo o a una amiga, se me ocurren palabras distintas de las que empleo cuando escribo a un desconocido. El amigo me inspira íntimas representaciones y me evoca recuerdos. Me impulsa a formular exteriormente los imperceptibles impulsos de mi corazón. Por eso suelen tener tanto valor las cartas entre amigos. En ellas se usan formulaciones que nunca se habrían ocurrido sin el estímulo de la amistad.

 

La amistad inspira y sugiere expresiones cordiales. Esas palabras y expresiones se aplican ante todo al amigo, pero además describen el misterio de la vida y del amor. Las cartas intercambiadas entre amigos, por ejemplo, las cartas entre Dietrich Bonhoeffer y su novia, o entre Bonifacio y Lioba, representan un valor permanente también para los lectores de hoy. Muchos las toman en sus manos para ayudarse a sentir mejor el misterio de su propia amistad y dejarse inspirar por ellas.

 

Anselm Grün