Sus ojos

 

El zorro dijo al Principito algo maravilloso: “Sólo con el corazón se ve correctamente. Lo esencial es invisible a los ojos.” Entonces, es necesario oír con el corazón, ver con el corazón.

 

El comandante en jefe de las fuerzas de ocupación le dijo al alcalde de la aldea: “Tenemos la absoluta seguridad de que ocultáis a un traidor en la aldea. De modo que, si no nos lo entregáis, vamos a haceros la vida imposible, a usted y a toda su gente, por todos los medios a nuestro alcance.”

 

En realidad, la aldea ocultaba a un hombre que parecía ser bueno e inocente y a quien lodos querían. Pero ¿qué podía hacer el alcalde, ahora que se veía amenazado el bienestar de toda la aldea? Días enteros de discusiones en el Consejo del pueblo no llevaron a ninguna solución. De modo que, en última instancia, el alcalde planteó el asunto al cura de la aldea. Ambos se pasaron toda una noche buscando en las Escrituras y, al fin, apareció la solución. Había un texto en las Escrituras que decía: “Es mejor que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación.”

 

De modo que el alcalde decidió entregar al inocente a las fuerzas de ocupación, si bien antes le pidió que lo perdonara. El hombre le dijo que no había nada que perdonar, que él no deseaba poner a la aldea en peligro. Fue cruelmente torturado hasta el punto de que sus gritos pudieron ser oídos por todos los habitantes de la aldea. Finalmente, fue ejecutado.

 

Veinte años después, pasó un profeta por la aldea, se dirigió directamente al alcalde y le dijo: “¿Qué hiciste? Aquel hombre estaba destinado por Dios a ser el salvador de este país. Y tú lo entregaste para ser torturado y muerto.”

 

“¿Y qué podía hacer yo?”, alegó el alcalde. “El cura y yo estuvimos mirando las Escrituras y actuamos en consecuencia.”

 

“Ése fue vuestro error”, dijo el profeta. “Mirasteis las Escrituras, pero deberíais haber mirado sus ojos.”

 

Anthony de Mello

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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