Madurez y plenitud

 

Los niños viven naturalmente en el yo, egocentrados, no pueden preocuparse por los demás porque todavía no entran en el espectro de sus intereses y necesidades. Están demasiado ocupados por satisfacer sus propias necesidades y no pueden tener en cuenta ninguna otra cosa. Son inseguros, tienen miedo; los apegos, los éxitos y las posesiones son los amuletos que sacian su ansiedad y les permite sentirse más seguros.

 

La plenitud del ser humano consiste en compartir y hacerse solidario con los que sufren por eso pueden aprender las personas a soltar lentamente sus apegos; a medida que experimentan la libertad y la confianza que les brinda poder vivir y manejarse con menos apegos surge la necesidad cada vez mayor de seguir en ese proceso de desapego y de maduración interior.

 

Cuanto más apegos, más inseguridad, menos libertad, menos madurez. Cuanto más vacíos de apegos, mayor confianza, mayor sentimiento de libertad interior, más cerca de la madurez y de la plenitud interior a la todos estamos llamados.

 

Graciela Goñi

Acompañante Espiritual

Centro de Espiritualidad Santa María