Adultos, por Cristina Sarubbi

Marcelino tiene más de 80 años, pero  no leía ni escribía;  hasta que una vez y para siempre (porque también hay “para siempre” a los 80) quiso saber dónde dejar la leña que vendía, reconocer en los carteles los nombres de las calles en que vivían sus clientes. Entonces empezó su primaria: sentado en el fondo, tímido y solitario, tal vez avergonzado. Lorena lo ayudó, como lo hace con cada uno de ellos: respetando sus riquezas y sus carencias, entendiendo los tiempos de sus alumnos. Y con la alegría de un payaso, que no se ríe solo de sus payasadas, sino que la contagia.

Un día de los tantos que fui a visitarlos, él seguía en el fondo; pero esta vez con sus anteojos puestos, entreverado en una maraña de palabras recortadas, tratando de crear frases. Cuando al fin pudo armar la primera, se animó a golpear la puerta de la Dirección, eufórico, para mostrarle a Daniela que había hecho una oración. Los dos lloraron de emoción esa vez: él, porque la vida le había dado la oportunidad de aprender; y ella, por lo mismo.

En otro Centro de Adultos, Sandra también es alumna. Ella tiene cinco hijos y hace tareas de limpieza en la Municipalidad. Se hace difícil ir a la escuela, pero sabe que tiene que poder, que es el mejor camino para sí y para los suyos.

Con sus 80 y sus problemas de la vista y su reciente neumonía, también Haydée la pelea por salir del analfabetismo. Y el maestro, Marcelo, al que casi duplica en edad, se planta con firmeza ante sus errores y con alegría frente a sus aciertos.

En el Centro que funciona a la tarde, Silvana y su grupo de alumnos investigan sobre los  aborígenes. Es que una de ellos es hija de tehuelches. No hace falta que lo diga: se le nota en la mirada que viene del pasado, en los gestos tan mansos, en la piel como el cobre, en los silencios.

Cualquier espacio vale cuando se trata de empezar o retomar la escuela: Un colegio, un centro municipal, un templo evangélico. No importa. Alcanza con un maestro, un cuaderno, un lápiz, un alumno, y las ganas de ese alumno de saldar una deuda consigo mismo; porque la vida suele dar, aún cuando parece a destiempo, las mejores oportunidades.

Ojalá alguien te lea esto, y que algún día puedas leerlo vos. Los docentes de Adultos te estamos esperando.