Sal y luz

 

Los reinos en la antigüedad estaban rodeados por muros, grandes zanjas o empalizadas tenebrosas. En el centro de la ciudad solía estar el castillo de los señores, de una belleza increíble. Pasa lo mismo con nuestro espíritu. Si queremos llegar al centro tenemos que atravesar una muralla de sombras y zonas oscuras.

 

La incomodidad vale la pena. Acercarse al interior implica comenzar a encontrar la verdadera aurora de la vida. Todo comienza a iluminarse. La vida se ve distinta y todo cobra sentido. La persona comienza a iluminarse. Es imposible que la luz no destelle luz iluminando a quienes están cerca. La sal sala y da sabor. La luz ilumina y no hay que perderla.

 

Graciela Goñi

Acompañante Espiritual

Centro de Espiritualidad Santa María