Se cuenta que un día un cazador encontró al Apóstol Juan sentado jugando con una codorniz domesticada.
El cazador demostró su sorpresa de que un hombre tan serio estuviera desperdiciando el tiempo de esa manera. Juan lo miró y le preguntó: “¿Por qué llevas el arco sobre el hombro sin la cuerda?”
El cazador contestó: “Si lo tuviera siempre tenso perdería su fuerza”
El buen Apóstol contestó con una sonrisa: “¡Por eso mismo juego yo con este pajarito!”
Tenemos que aprender a dejar a un lado las ocupaciones. En la inacción meditabunda se borran las arrugas del alma.
No todos pueden pasar sus vacaciones en las playas o en las montañas.
Somos un pueblo ocupado y tenemos que aprender el secreto bendito de descansar donde nos encontramos.
