Vivamos en confianza

 

En el corazón pueden habitar muchos miedos de todo tipo. Procuremos entregar al Señor todos esos miedos, pidiéndole que sane el corazón, que lo afiance, que lo llene de confianza, que lo desate, que lo libere de los malos recuerdos.

 

Quizás le tenemos miedo a los espacios abiertos, o a los lugares cerrados, al fuego, a la oscuridad, al frío, al agua, a las tormentas, a los terremotos, a tantas cosas, y estamos inquietos temiendo que suceda eso que nos da miedo.

 

Seguramente hay en la profundidad de nuestra  memoria algo que hemos vivido en el pasado, algún susto que nos marcó profundamente y ha hecho nacer ese miedo. Sería muy importante tratar de descubrir esa raíz de nuestro miedo, recordar aquel acontecimiento doloroso, e imaginar a Jesús que se hace presente en aquel instante y nos libera con su presencia, con su luz, con su abrazo.

 

Pero también pidamos al Señor que nos cubra con su presencia para que ninguno de esos peligros logre hacernos daño. Lo mismo podemos hacer con nuestros seres queridos, entregándoselos al Señor para que él los cuide de todos esos peligros variados.

 

Si vivimos en paz con el Señor y cada día nos entregamos en sus brazos, todo lo que pueda sucedernos se convertirá en algo bueno. Dice la Biblia que “todo es bueno para el piadoso, pero para el pecador se convierte en un mal” (Eclo.39,27). Si el Señor es el rey de nuestras vidas, se cumple en nosotros la promesa: “Quien teme al Señor de nada tiene miedo, de nada se acobarda, porque él es su esperanza. Los ojos del Señor están fijos en los que lo aman. Él es para ellos protección poderosa, apoyo firme, refugio contra el viento abrasador y el calor del mediodía, defensa para no tropezar, auxilio para no caer” (Eclo.34,14.16).

 

VMF