Gemidos inefables

 

En todas las cosas vivas existe un increíble poder, una presión ciega por crecer.

 

 

 

Un amigo mío me contó que, después de comprar su casa, decidió deshacerse de una planta de bambú que había en el camino de entrada. Tomó un hacha, cortó la planta y picó profundamente la tierra para destruir las raíces. Luego, sobre lo que quedaba, echó veneno para plantas. Finalmente, rellenó el hoyo donde había estado la planta con varios metros de grava que apisonó firmemente y cubrió con cemento.

 

 

 

Dos años más tarde, el cemento comenzó a levantarse a medida que la planta de bambú volvía a crecer lentamente, abriéndose paso a través del pavimento. Su principio de vida, la presión ciega para crecer no pudo ser truncada por hachas, veneno ni cemento.

 

 

 

La vida se abre paso y se extiende, anhelante. Podemos verlo en la inquietud de la adultez, en nuestra codicia por la experiencia, nuestra hambre de sexo, nuestra insaciabilidad e, incluso, en nuestros escapes de ensoñaciones, alcohol y drogas. Somos como la planta de bambú, empujando ciegamente hacia arriba; el bebé que llora pidiendo leche. Y, ¿qué propósito tiene todo eso? ¿Por qué las plantas de bambú presionan ciegamente contra el pavimento? ¿Por qué las hormonas de nuestro cuerpo y las iras de nuestra alma nos dan tan poco descanso?

 

 

 

En definitiva, el deseo y el anhelo son los gemidos del Espíritu de Dios que reza a través de nosotros. De esto habla la Escritura al decirnos que cuando no sabemos cómo orar, el espíritu de Dios intercede por nosotros con gemidos inefables (Romanos 8, 26). En su raíz, todo deseo es deseo de los frutos del espíritu. Toda la vida, todo el eros y toda la energía (ciega o consciente) anhela la caridad, la alegría, la paz, la paciencia, la bondad, la fidelidad y la unión que la castidad puede darnos.

 

 

 

Tanto si se trata de una planta de bambú que empuja para abrirse paso a través del cemento, o un bebé que llora pidiendo leche, o un hombre o mujer adultos que se arrodillan suplicantes, ésa es la razón del anhelo. Lo que nos conmueve es aquello que tocamos. El Adviento es la época para tocar esos anhelos y permitir que ellos nos conmuevan.

 

 

Ronald Rolheiser (omi)