Fortaleza que modela el alma

 

La palabra “sublime” proviene de “sublimación”. No se trata de un mero accidente del lenguaje. Lo sublime depende de la sublimación: para lograr una gran satisfacción, es necesario realizar primero un gran esfuerzo: para alcanzar una gran paz, es necesario enfrentar primero una gran lucha: y para experimentar un gran amor, es preciso que antes haya habido una gran castidad.

 

 

 

Esto es cierto no sólo para la sexualidad, sino para todas las áreas de nuestra vida. Cuanto más desgarradora resulta la sublimación, mayor será el éxtasis que experimentará el alma. Las grandes novelas resultan poderosas precisamente porque acumulan una gran tensión. No es casual que la Escritura nos asegure: “¡Los que siembran entre lágrimas cosecharán entre cantares!”, y que los grandes místicos de todos los tiempos nos digan que las alegrías del paraíso se alcanzan después de una cierta “noche oscura del alma”.

 

 

 

Nuestro tiempo, a pesar de sus fortalezas exclusivas, tiende a mostrar esta de bilidad: no comprende el poder que tiene la castidad para modelar el alma. Hemos olvidado la importancia de esperar, de anhelar, de vivir el fuego sublime de la tensión.

 

 

 

Carlo Carretto, uno de los grandes escritores espirituales de nuestro tiempo, pasó varios años viviendo como eremita, orando en el desierto del Sahara. Cuando alguien le preguntó qué pensaba que le había oído decir a Dios después de tanta oración, Carretto contestó: “Dios nos dice: ‘¡Aprendan a esperar- esperar- esperar a su Dios! Esperen el amor, sean pacientes con todo. ¡Es necesario esperar todo lo que vale la pena!’”.

 

 

Ronald Rolheiser