Cuidado con el demonio del mediodía

 

Cuando los padres del desierto formularon por primera vez una lista de los pecados “mortales”, incluyeron el pecado de la tristeza. Así quedó hasta el siglo XVIII, cuando se lo reemplazó por la pereza. ¿Cómo es posible que la tristeza sea un pecado? ¿No se trata acaso de un sentimiento sobre el que no tenemos control?

 

 

 

Los padres del desierto hablaban de la acedia, “el demonio del mediodía”, una tristeza que puede abrumarnos sin razón aparente. La distinguían de la tristeza que sentimos cuando tenemos un motivo, cuando hemos experimentado una pérdida significativa o la ruptura de algo. El demonio del mediodía, a diferencia del demonio que aparece en los momentos de oscuridad o de crisis, ataca a plena luz del día, cuando aparentemente no hay motivos para la tristeza.

 

 

 

Cualquier cosa puede propiciar su aparición: una vieja canción en la radio, un bello rostro en la multitud, una reunión de amigos, una canción de cuna que casi habíamos olvidado, la buena suerte de otra persona, un abrazo de despedida, antiguas fotografías o incluso un acontecimiento familiar que, supuestamente, tendría que provocarnos alegría. ¿Cómo es posible que eso sea un pecado?

 

 

 

La tristeza en sí misma no es el pecado, pero puede ser el demonio que nos tiente a pecar. Podemos deleitarnos en la tristeza, y racionalizar así la posibilidad de esforzarnos por construir algo más. Quizás por eso la Iglesia, finalmente, llamó “pereza” a ese pecado.

 

 

 

Después de reconocer el demonio del mediodía, el hijo del reino vuelve a encender la música, retoma sus tareas, sus esperanzas y sus oraciones, y continúa, con alegría, construyendo el reino.

 

 

Ronald Rolheiser (omi)