El pez bizco

 

 Hace algunos años, un centro estadounidense de investigación llevó a cabo un experimento con un lucio bizco. Colocaron al pez en un acuario y lo alimentaron con regularidad.

 

 

 

Luego, después de cierto tiempo, colocaron una placa de virio invisible en el acuario y cerraron parte de ella. Entonces comenzaron a colocar el alimento del pez al otro lado de la placa. Cada vez que el lucio intentaba llegar a la comida, se chocaba con el vidrio y se alejaba sin el alimento.

 

 

 

Durante un tiempo, el pez siguió intentando acercarse a la comida y, cada vez, se golpeaba y se alejaba sin comer. Finalmente, el lucio bizco se rindió. Nadaba hasta el alimento pero, justo antes de chocar contra la placa, giraba y se alejaba lentamente de ella. Entonces, los investigadores quitaron el vidrio pero el daño ya estaba hecho. El pez no volvió a comer. Por mucha hambre que sintiera, no volvió a intentarlo. Seguía acercándose al alimento para alejarse en el último segundo, sin saber que la placa de vidrio ya no se encontraba allí y que podía comer libremente. El lucio finalmente murió de desnutrición, rodeado de comida.

 

 

 

No se trata de una mera anécdota sentimental con el propósito de hacernos sentir pena por un pobre pez que tuvo la desgracia de ser víctima de la crueldad de un experimento humano. Al leer la historia se nos encoge el corazón, y la tristeza que provoca toca lo más profundo de nuestro ser.

 

 

 

Todos sabemos exactamente qué le ocurrió al lucio bizco y por qué, finalmente, dejó de comer, y muchos de nosotros corremos el peligro de morir por una desnutrición similar. Estamos muriéndonos por falta de amor en un mundo donde casi todos quieren amar, y somos incapaces de extender nuestro amor a las personas que mueren por falta de él. No hay placas de vidrio entre nosotros y los demás y, sin embargo, no podemos o no queremos acercarnos. Algo muy profundo está mal y por eso todos estamos tan tristes.

 

 

 

El valor de esta historia es que le habla al corazón directa y profundamente. No se trata de algo que debe ser explicado, sino de algo que debe sentirse. La parábola del lucio bizco nos ayuda a ponerle nombre a nuestra pena.

 

 

Ronald Rolheiser (omi)