La fe y las resurrecciones de muertos

Lc 7, 11-17

Tanto en la primera lectura como en el evangelio se constata que un “profeta” hace un milagro, una resurrección, y que por eso la gente hace un acto de fe: “Dios nos ha visitado, el milagro es una prueba”.

Dejo de lado la discusión sobre la historicidad y veracidad de los relatos, porque en el mensaje de los mismos hay algo que me preocupa más. Emperezaré por algunas preguntas:

¿Si no hay milagros no hay fe?

¿Nos consta con certeza que el responsable de esa acción sorprendente es Dios?

Si Dios puede hacer las cosas bien ¿por qué las hace mal?

Todo ello nos va a llevar a dos conclusiones muy importantes para nuestra fe.

La primera trata del conocimiento de Jesús. Precisamente en esta semana (el viernes) la Iglesia ha situado una fiesta, más bien reciente: la del Corazón de Jesús. Y precisamente el evangelio de hoy nos proporciona una pista excepcional: “hijo único de su madre viuda” es la expresión de una tragedia superior entonces a lo que sería hoy. La viuda desamparada no tiene nada, ni derechos, ni modo de vivir, ni personalidad jurídica… nada. Es la figura desamparada de la madre la que conmueve a Jesús.

Los evangelios están llenos de esa expresión: al ver una desgracia, a Jesús “se le revolvieron las tripas” (que la culta traducción eclesial suele expresar con “se le conmovieron la entrañas”).

Es el punto débil del carácter de Jesús, y a la vez su motor más poderoso. No puede resistirse, no puede tolerar la desgracia, mucho menos la injusticia, y eso le mueve a actuar aunque sea quebrantando la Ley. Pero ése es su poder, eso es precisamente lo que nos fascina y lo que nos mueve a seguirle, que su corazón no es solamente veraz, valeroso, firme, sino, sobre todo, capaz de com-padecer, de sentir como propios los problemas de los demás.

Y éste es el corazón de su mensaje ¨como a ti mismo”. El que sigue a Jesús no hace diferencia entre yo y nosotros, su corazón no se lo permite.

Esta manera de situarse ante los demás es consecuencia de la primera verdad, el descubrimiento fundamental de Jesús y de los que le seguimos: “Dios me quiere más que mi madre”, es decir, que al descubrir el corazón de Jesús descubrimos el corazón de Dios: Dios tiene corazón de madre, y eso lo cambia todo, incluso pone patas arriba algunos dogmas que nosotros la iglesia hemos manejado con bastante ligereza.

Pero la segunda consecuencia de la resurrección del hijo de la viuda es la serie de preguntas que se nos plantean. Y una primera pregunta, que a veces se da, es: puesto que podía hacerlo ¿por qué no curó Jesús a todos los leprosos, a todos los ciegos, por qué no resucitó a todos los muertos? La razón es bien sencilla: los límites de su poder están marcados por su humanidad. Jesús es un médico, un sanador y cura lo que encuentra, lo que se le pone delante. ¿Por qué no nos convencemos de una vez de la verdadera humanidad de ese hombre?

Pero la pregunta se levanta hacia Dios. Dios sí puede, ¿por qué no lo hace? ¿Cómo hacemos compatibles los sufrimientos del mundo con la fe en Abba? Y aquí topamos con nuestra propia limitación. La única respuesta que tenemos es la del libro de Job: ¿quién eres tú para pedir cuentas a Dios? Es decir, yo no creo en Dios/Abbá porque pueda responder a todas las preguntas. Creo en Abbá porque me fío de Jesús, aunque hay muchas preguntas a las que no puedo responder.

De todos modos, los que creen sólo cuando ven milagros, sospecho que no tienen demasiado bien fundada su fe.

 

PROFESIÓN DE FE

 

Yo creo sólo en un Dios:

en Abbá, como creía Jesús.

Yo creo que el Todopoderoso

creador del cielo y de la tierra

es como mi madre

y puedo fiarme de él.

Lo creo porque así lo he visto

en Jesús, que se sentía Hijo.

Yo creo que Abbá no está lejos

sino cerca, al lado, dentro de mí,

creo sentir su Aliento

como un Brisa suave que me anima

y me hace más fácil caminar.

Creo que Jesús, más aún que un hombre

es Enviado, Mensajero.

Creo que sus palabras son Palabras de Abbá

Creo que sus acciones son mensajes de Abbá.

Creo que puedo llamar a Jesús

La Palabra presente entre nosotros.

Yo sólo creo en un Dios,

que es Padre, Palabra y Viento

porque creo en Jesús, el Hijo

el hombre lleno del Espíritu de Abbá.

 

José Enrique Galarreta