La celebración más importante

 

 

 

A muchos de nosotros, estoy convencido, nos preocupa que la Navidad se haya transformado en un acontecimiento principalmente secular y comercial. Lo que solía ser un tiempo de espera para celebrar (el Adviento) es ahora un maratón de fiestas y compras navideñas. ¿Dónde está Cristo en todo eso? ¿Cómo volvemos a ubicarlo en la Navidad?

 

 

 

Todos estamos de acuerdo en que algunos de estos excesos deben atenuarse si queremos resaltar que, después de todo, lo que celebramos es el cumpleaños de Jesús. Para algunos, la manera de volver a ubicar a Cristo en la Navidad sería eliminando todo aquello que culturalmente se ha construido a su alrededor: el árbol de Navidad, Santa Claus, las luces de colores, las tarjetas, los villancicos, los regalos, las fiestas interminables  las copiosas comidas. Argumentan que, en medio de todo eso, Cristo se pierde.

 

 

 

Personalmente no estoy de acuerdo. La Navidad, además de ser el cumpleaños de Jesús y, por lo tanto, causa más que suficiente para la más grande de las celebraciones, es la fiesta de la encarnación, el momento de celebrar la humanidad y la bondad de la creación física. Si se eliminaran el alboroto y los colores, aunque parezca irónico, el significado de la Navidad no llegaría al mundo, ni a nosotros, con la misma contundencia. Como afirma John Shea: “Un Espíritu de Navidad que se desplaza desnudo, nunca será advertido. Necesita un poco de muérdago para mostrarse”.

 

 

 

En definitiva, el espíritu de la Navidad se beneficia de todo el alboroto a su alrededor. Las luces, las tarjetas, los coloridos árboles, los regalos y toda la comida y bebida ayudan a resaltar la verdad esencial de que Dios entra en nuestro mundo físico y vuelve todo santo y bueno.

 

 

Ronald Rolheiser (omi)