Permitiéndonos los conflictos

 

La libertad también es una premisa esencial para el trato entre las personas. Si permitimos que otros tengan poder sobre nosotros y dependemos de ellos, no somos libres. La libertad no significa, sin embargo, que nos distanciemos totalmente de los demás. El arte consistiría, más bien, en que podamos entregarnos al conflicto y sentirnos, al mismo tiempo, libres de él. No estaremos bajo presión de tener que solucionar indefectiblemente el conflicto, de tener que ganarnos a los demás para nosotros. Permitimos el conflicto. Estamos por encima del conflicto. Ésa es la verdadera libertad.

La directora de un geriátrico entró en conflicto con el párroco que proyectaba sus propios problemas en ella y le hacia su vida un infierno. No podía abstraerse de ese conflicto. Pues si renunciaba, habría sentido que fracasaba. Los demás podrían haber entendido su comportamiento como una huida. Su tarea era observar el conflicto sin involucrarse personalmente. En este caso, la oración es un recurso importante para tomar distancia de los caldos de emociones que se estaban cocinando en este conflicto en torno a ella. De entregarse a este pantano de emociones, el pantano la arrastraría hacia la profundidad. En la oración y dialogando sobre el conflicto, podrá alejarse de él y podrá liberarse poco a poco en la distancia.

La libertad significaría que me defiendo ante un comportamiento injusto, que no permito que me hiera, y que reaccione entero y libre. No es un camino sencillo. Se necesita reflexionar, analizar el conflicto. Se precisa la oración para poder ver más objetivamente ante Dios lo que realmente está sucediendo. En la oración, siempre podré percibir, en medio del conflicto, la libertad de que los gallos de riña no pueden tocarme en lo más intimo de mi ser. Esta libertad es la premisa para poder solucionar correctamente el conflicto.

AG