Establecido en Dios y libre

 

De ciertas personas, se puede decir que “son personas verdaderamente libres. No dependen de la opinión de los demás. Descansan en sí mismos. Son libres en su pensamiento. También son libres en sus sentimientos. Están en contacto con la realidad. Si se encuentran con alguien,, están presentes en el encuentro. Son libres de dedicarse a los demás de lleno y enteramente. Son libres de cálculos, libres de reflexión sobre lo que el otro espera de ellos o de lo que el otro piensa de ellos. Son libres, porque el Espíritu de Dios los marca, porque tienen en Dios su razón y, por lo tanto, no necesitan prestar atención a la reacción de los demás”. Si observamos más detenidamente esta clase de personas, notaremos en seguida que el estar establecidos en Dios es lo que los hace tan libres.

Todos nosotros anhelamos dicha libertad. Es el objetivo de todo camino espiritual. Para el cristiano, esta libertad consiste esencialmente en la libertad de amar. Pero para llegar a esta libertad del amor, debemos antes practicar la libertad de todas las dependencias. Para ello, los Padres de la Iglesia y los primeros sacerdotes nos dan buenas sugerencias. Coinciden con muchos filósofos griegos, para quienes la libertad era la máxima meta. En lugar de construir un antagonismo entre la libertad griega y la cristiana, trato de hacer una relación sana, no de reducir al cristiano a un plano psicológico de la filosofía griega, sino de integrar el plano psicológico en el camino cristiano de la libertad. He visto muchas veces cómo cristianos malinterpretan la ley de la libertad y les exigen a los demás que amen desinteresadamente. Pues no toman en serio las condiciones de cómo llegar a esta libertad de nosotros mismos. Es fácil decir que necesitamos sencillamente amar y que, entonces, todo lo demás se dará por sí mismo. La pregunta es cómo ser capaces de este amor.

AG