Gozo navideño

 

Ya he cumplido cincuenta años, pero cada Navidad vuelvo a ser un niño que disfruta del pesebre, las luces, los villancicos y el árbol. Siempre me ha fascinado la Navidad y todo lo relacionado con ella. Parte de ello se debe a la mera suerte y no tiene nada que ver con la Navidad como acontecimiento religioso. Siempre tuve la suerte de disfrutar del gozo navideño.

 

 

 

Cuando era niño, la Navidad constituía la época más importante en mi familia. Todos regresaban a casa y la familia desfrutaba de la reunión más importante del año. Desaparecían todas las trabas; pasábamos una semana comiendo los mejores alimentos que podíamos permitirnos y algunos que, en realidad, no podíamos). Nuestra vieja casa se alegraba con un árbol, hermosas luces, y pacíficos villancicos que no dejaban de sonar en el fonógrafo, y pasábamos el tiempo sin prisa unos con otros, sin hacer otra cosa que disfrutar de la vida. ¿Qué niño, o adulto, no ama todo eso? Parte de esa suerte, a diferencia de algunos de mis amigos, es que hasta ahora ningún día de Navidad se ha visto interrumpido por una tragedia, por la muerte de un ser querido o una enfermedad grave.

 

 

 

Además, mi familia era religiosa. La Navidad era, antes que nada, un tiempo de espiritualidad para todos nosotros. Teníamos comidas especiales, pero también oraciones especiales. Santa Claus nunca visitaba nuestro hogar, era el niño Jesús quien nos traía regalos, y sus visitas eran organizadas por nuestros padres tan ingeniosamente como otros padres organizan las de Santa Claus. Karl Rahner, un magnífico teólogo, solía decir: “En Navidad, Dios nos da permiso para ser felices!” ¿Por qué rechazar su ofrecimiento?

 

 

Ronald Rolheiser (omi)