El pesebre

 

 

Cuando Pablo Picasso era niño, se desató un enorme incendio en la ciudad donde vivía su familia. Eso ocasionó una noche caótica, en la que la gente corría por las calles gritando; la conmoción y anarquía estaban por todas partes. Más tarde, cuando ya era adulto, Picasso recordó aquella noche y describió cómo, en medio de aquel caos, se acomodó contra el pecho de su padre, protegido por un chaleco, y desde aquel lugar seguro observó toda la confusión. No sentía miedo, sólo asombro, mientras asimilaba todo. Estaba cómodo y a salvo.

 

 

 

Yo también guardo un recuerdo cálido de lo que es ser niño y sentirse cómodo y protegido en un mundo lleno de frío y caos. Mi recuerdo tiene que ver con una Nochebuena que fui a la iglesia y vi en el pesebre, a la entrada de la iglesia, al niño Jesús. Nuestra parroquia sigue teniendo el mismo pesebre después de todos estos años, y todavía veo padres que acercan a sus hijos al pesebre para que observen la escena de la natividad.

 

 

 

A los ojos de un niño, toda la paz prometida en la visión de Isaías se encuentra allí: un niño pequeño, el príncipe de la paz, el Dios de todo el universo, duerme pacíficamente sobre paja, rodeado por una madre amorosa y un padre atento y pastores en oración y animales tranquilos y en silencio. Para un niño, la escena de la natividad es el chaleco de seguridad.

 

 

 

Cuando un niño ve y experimenta esto, se aleja del pesebre con los ojos y el corazón de un místico, con la seguridad de que el Dios de los pobres, los pacíficos, los pequeños y los inocentes gobierna el mundo.

 

 

Ronald Rolheiser (omi)