Sueños

 

En los sueños, Dios habla con nosotros, pero con un lenguaje escuro y enigmático. Sin embargo, si queremos percibir lo que Dios nos dice, si queremos saber cómo vivir rectamente, necesitamos atender a esos sueños. Porque en nuestra vida consciente a menudo somos ciegos y sordos ante Dios. Pasamos por alto lo que quiere decirnos. Escuchamos nuestros propios pensamientos y los de las personas que nos rodean. Dejamos pasar desapercibida la voz de Dios. Entonces Dios tiene que hacerse escuchar en nuestros sueños. Por eso los sueños son para los israelitas algo santo, ya que en ellos Dios nos toca y nos dirige la palabra. Pero Dios no sólo habla, sino que también aparece en visiones. Cuando la Biblia habla de visiones, no se refiere a hechos o acontecimientos extraordinarios que podemos registrar en una película. Se trata siempre de apariciones a personas, apariciones que nuestra psiquis puede percibir y que los ojos del alma pueden contemplar. No son imaginaciones sino cosas que experimentamos, exactamente como sucede con los sueños, de tal modo que decimos que hemos tenido un sueño y no que nos hemos imaginado un sueño.

 

Dios le habla a Samuel en lo profundo de la noche. Se despierta tres veces porque Dios lo llama. Y las tres veces no se da cuenta de quién lo está llamando en realidad. Pero la última vez responde: “Habla, que tu siervo escucha” (1 S 3,9). Para un sacerdote americano este pasaje se convirtió en una vivencia clave. Padecía perturbaciones del sueño y buscó la asistencia de un terapeuta. Éste le preguntó si no había pensado alguna vez que cuando no podía dormir era porque quizás Dios quería hablar con él. Y el sacerdote se acordó de Samuel.

 

A. G.