El sueño como lugar de encuentro

 

Así pues el sueño posee en la Biblia un doble significado. Por un lado me revela la verdad sobre mí y sobre los demás, sobre mi estado personal y sobre el misterio de mi vida, pero también sobre la situación política y religiosa del pueblo o de un hombre en particular. El sueño corrige y completa mi visión consciente abriéndome nuevos horizontes. Hace aparecer la realidad en su verdadera luz. En el sueño Dios me señala la verdad quitando el velo que cubre la realidad. Pero el sueño es también lugar de encuentro directo con Dios. Dios no sólo envía mensajes sobre la realidad, sino que nos sale al encuentro, lucha con nosotros como en aquella lucha nocturna con Jacob (Gn 32, 23-33), y se da a conocer, aparece en visiones y se deja contemplar en las imágenes del sueño.

 

El segundo significado de los sueños bíblicos es la indicación concreta. En el sueño, Dios nos señala lo que debemos hacer y qué camino emprender. Nos muestra cómo hemos de decidir, y así nos ayuda a hallar un rumbo en nuestra vida. En la indicación clara subyace algo de liberador, de inequívoco. Si Dios en el sueño da una orden, no nos resta otra cosa que obedecer, aun cuando no comprendamos el sentido de la indicación. El sueño no es un juego de los pensamientos, sino que nos concierne inexorablemente. Repercute sobre nuestro obrar, se realiza en hechos concretos en este mundo, determina incluso importantes decisiones y desarrollos históricos. Pone en marcha un acontecimiento de vastas consecuencias para todos los hombres. En el sueño Dios mismo interviene en la historia, orientándola según su designio y voluntad.

 

A. G.