Revisar mi casa

 

Hacer ejercicios espirituales significa barrer cuidadosamente nuestra casa, para que Dios ingrese en ella y more en todas sus habitaciones, para que Dios mismo encuentre en nosotros la dracma oculta en algún lugar dentro de nosotros.

 

En el marco de la parábola de la dracma perdida (Lc 15, 8-19) quiero invitarlos a dibujar la casa de nuestra vida. No importa tanto la belleza de esa pintura. Dibujemos nuestra casa con todos sus pisos y habitaciones.

 

¿Qué cosas hay en el sótano? ¿Existen allí habitaciones cerradas a la cual no tenemos acceso? ¿O cuartos que nos inspiran temor porque en ellos quizás haya material explosivo o porque se han arrumbado allí cosas reprimidas que socavan los cimientos de la casa? ¿Qué pasa en la planta baja? ¿En qué habitaciones solemos estar la mayor parte del tiempo? ¿Dónde nos sentimos mejor? ¿Dónde hace frío en nuestra casa? ¿A dónde hacemos pasar a los huéspedes? ¿Somos realmente los dueños de nuestra casa o hay inquilinos en ella que dificultan nuestra vida; ocupantes que nos van expulsando más y más de nuestra casa? Esos inquilinos y ocupantes pueden ser los miedos que se han deslizado en todas las habitaciones, o las preocupaciones, enojos, amarguras y celos. ¿Cómo es la planta alta? ¿En qué habitaciones podemos estar? ¿Habita Dios en todos los cuartos de nuestra casa, o lo hemos expulsado de algunos porque nos resulta desagradable que él vea lo que hay en ellos?

 

Una vez pintada la casa, escriban en cada cuarto los sentimientos, pensamientos, problemas y preocupaciones que habitan en ellos.

 

A. G.