Custodiar el fuego que hay en mí

 

Cuando contemplamos nuestro interior, no hallamos cenizas de esperanzas quemadas sino ardientes brasas de amor. Orar significa sentir en mí, una y otra vez, el ardor del amor divino y dejarme encender y revitalizar por ese ardor, para que a través de mi pueda brindar calor también a otros. Orar significa custodiar en mí el fuego para que de ese fuego del amor divino salte una chispa hacia las personas de mi entorno.

Así pues me gustaría proponerles como ejercitación que se sienten en silencio delante de Dios. Entren en el aposento de su corazón y cierren la puerta. Permítanse media o una hora para estar sencillamente a solas con su Dios. Atiendan a su respiración e imagínense que al expirar apartan toda la grava que cubre su aposento interior, la fuente sellada, las brasas del amor. Y luego concentren la atención en la imagen que más los motive: la de la fuente interior, la de las brasas que arden en lo hondo de ustedes, la imagen del sagrario donde obtienen sanación, la imagen de la morada interior en la cual están a solas con su Dios, en la cual pueden hablar con Dios como con un amigo, tal como lo dice santa Teresa de Ávila. Y quédense así sentados durante media hora. Experimentarán que las puertas de su corazón no siempre permanecen cerradas, sino que una y otra vez se cuela el bullicio de sus pensamientos. Pero no se preocupen por eso. Miren de frente los pensamientos, pero déjenlos pasar como una nube. Retírense aún más hondo en su morada interior, allí donde ya nada puede entrar.

Quizás haya algunos momentos en los cuales tengan la sensación de absoluto silencio y calma. Ésa es entonces la experiencia a la cual Jesús nos quiere conducir en su escuela de oración: estar a solas con Dios, hacerse uno con Aquél a quien ama mi alma, estar en Dios.

 

A. G.