Escucharme con mi propia voz

 

Un buen camino para mí es conversar en voz alta con Jesús. Decirle lo que me inquieta en lo más íntimo.  Pedirle que me guíe hacia la verdad  y la libertad; que me diga la palabra que me indique la senda que seguir en la situación que estoy viviendo. Porque al hablar en voz alta con Jesús no podré esquivarlo, sino que estaré más atento y mi corazón se sentirá más interpelado. Hablarle a Jesús con la propia voz, hablarme con mi voz y escucharme con mi voz, me conmueve a veces tan hondamente que me asoman las lágrimas. Porque siento que ese Jesús está realmente aquí y ahora, saliéndome al encuentro y dirigiéndome personalmente la palabra. Delante de Él me confronto con mi realidad, con todo lo que comúnmente oculto bajo la superficie de mis acciones piadosas, con mis anhelos más profundos, pero también con todo aquello con lo cual me cierro ante Dios, esquivo mi verdad y no correspondo a lo que realmente deseo. Y a la vez experimento, en esa verdad mía tan desagradable, que soy aceptado por completo, que sin embargo todo es bueno. Y entonces me invade una profunda paz.

 

Cada meditación discurre de manera distinta. Hay meditaciones en las cuales tengo que obligarme a llevarla a término, porque una y otra vez me asalta el deseo de abandonarla. En tales momentos basta soportar ese estado con sencillez, y ofrecerme a Dios con toda mi inquietud y vacío. San Benito de Nursia lo llama “stabilitas”: constancia, firmeza, perseverancia, aguante. Y los monjes nos exhortan a perseverar en la celda, a soportar nuestra verdad delante de Dios. No hace falta hacernos reflexiones piadosas. Lo decisivo es, así dicen los monjes, permanecer en la celda, ofrecerle a Dios nuestro corazón a menudo tan inquieto. Así entonces Dios podrá transformarlo.

 

A. G.