Nuestras heridas curadas

 
En la Eucaristía Jesús nos dejó el testamento de su amor. En ella se hace visible palpable lo que hiciera durante toda su vida. Jesús les dijo a los hombres palabras de amor, palabras que les prometieron el amor del Padre, palabras que provenían de su corazón amoroso. Jesús levantó a los hombres que no podían aceptarse a sí mismos, animándolos a defender lo propio. Les señaló su dignidad intangible. Curó sus heridas. Llamó a la vida y a Dios a los publicanos y pecadores marginados por los piadosos, mostrándoles un camino nuevo. Con sus parábolas atrajo a los hombres recurriendo a imágenes tomadas de situaciones de la vida de sus oyentes. Les habló así de Dios de tal modo que sus ojos se abrieron. San Juan nos presenta el discurso de despedida de Jesús, en la última cena. Antes de su muerte, Jesús expresa allí, nuevamente, lo que era caro a su corazón. Pronuncia palabras de amor que anulan las fronteras entre el cielo y la tierra, entre Dios y el hombre, entre la vida y la muerte.

 
En toda celebración eucarística el Jesús glorificado nos dice esas palabras de amor. Nos las dirige desde el cielo y, sin embargo, también como Aquel que está en medio de nosotros. Entonces se hace realidad lo que Jesús dijera en su discurso de despedida: “Voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes” (Jn. 14,3). En la celebración de la Eucaristía estamos donde está Cristo. Es el grupo íntimo de los discípulos. Con su palabra y en la cena, Jesús nos abre su corazón y se entrega a nosotros: “Tomad y comed. Esto soy yo mismo.” Me entrego por ustedes, para que vivan, para que crean en mi amor y en el amor del Padre, y para que se amen exactamente así unos a otros. “Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Jn 13, 15)

A. G.