Dios y la persona en el centro

La alabanza benedictina a Dios es la expresión de la fe de que Dios es la realidad concreta de nuestra vida. Dios es tan real como la Creación en la que viene a nuestro encuentro, en la que se hace visible y en la que lo experimentamos. Elevar el primado de Dios en el mundo secularizado es una importante función que cumplen los monjes. Una estudiante dijo una vez que le agradaba venir a nuestro convento para Pascua, porque éste es uno de los pocos lugares de la Iglesia donde Dios ocupa el centro. Si Dios está en el centro, la persona también encontrará su propio centro y, además, surgirá, de repente, una intensa comunidad entre los trescientos jóvenes que asisten al retiro de Pascua.

Todas las mañanas, a las cinco, cuando paso por el claustro para ir a la iglesia de la abadía para rezar en coro, me digo a mí mismo que no se trata en primer término de mí, sino de Dios; que ahora no es tan importante si me siento cansado o no, si tengo ganas de rezar o no, sino que lo que lo que importa es que Dios está presente, que Dios es el Creador de todo el mundo y mi Creador, y que yo soy su criatura, que vivo, pues, en un todo de acuerdo con la Creación cuando venero y ensalzo a mi Creador. La alabanza del Creador también se refiere a la alabanza de su criatura. Quien bendiga y hable bien de Dios, también hablará bien de las personas y de la Creación, verá a cada criatura con buenos ojos y reconocerá en ella la gloria de Dios. Todo esto hace que tengamos una actitud básicamente optimista que nos ayuda mucho hoy, cuando muchos están signados por la angustia por el futuro y por la desesperanza.

A. G.