La misión de los conventos

En el trato cuidadoso con las cosas a lo largo de la historia, se observa la impronta que dejaron los conventos benedictinos de Europa en la cultura. Expresaron, con sus obras arquitectónicas, algo del misterio del cosmos. El convento de Saint Gallen, por ejemplo, expresa que todos los oficios importantes se asentaron dentro de los muros del convento. Era un mundo en sí mismo. La cultura se expresó en el trato esmerado de la naturaleza. Como los conventos quedaban siempre en el mismo lugar, los benedictinos cuidaban también su hábitat. Diseñaron jardines para poder reconfortarse en ellos. Y también organizaron su agricultura para poder alimentarse. Y jamás agotaron los campos de la naturaleza. Más bien, los cuidaban y conservaban, porque querían dejarles un espacio digno de ser vivido a las generaciones venideras. Tenían conocimientos de ciencias y artes. En sus escritorios, tradujeron obras de la filosofía y poesía griega. Ilustraban con amor los libros litúrgicos y cultivaban la música que alegra el corazón de las personas. San Benito no pretendía de las personas que fueran grandes ascetas, sino que se relacionan con mesura con este mundo y que se regocijaran en él.

 

La pregunta es cómo nosotros, los benedictinos, hacemos justicia a nuestra tradición y cómo transmitimos en nuestro mundo el sentido del respeto por todas las cosas. Al igual que la Iglesia toda, también nosotros corremos, casi siempre, detrás de las corrientes ecológicas. Por nuestra tradición, deberíamos tener la misión de expresar el respeto por la Creación no solamente tratando bien las cosas, sino también administrando con conciencia ecológica.
Teóricamente estamos de acuerdo, por supuesto, en que debemos cuidar nuestro medio ambiente. Pero apenas se trata de poner en práctica este pensamiento, fracasa ante la falta de dinero o ante las dificultades de aplicar las ideas.
A. G.

 

H