La ventana para Dios

 

Necesitamos experiencia en la fe. No basta con pedirles a las personas que simplemente crean. Debemos llevarlas a la experiencia de Dios. Y para ello, se apela a sus sentimientos y éstos pueden expresarse con entusiasmo en la liturgia. Pero debemos superar nuestros sentimientos y experiencias para llegar al verdadero Dios. No debemos detenernos en esos sentimientos; no debemos medir nuestra fe con la vara de los sentimientos. Con los sentimientos podemos llegar a Dios, pero cuando analizamos demasiado los sentimientos y queremos disfrutarlos, se nos desaparece Dios. Nos quedamos detenidos ante nosotros mismos. En el sentimiento proyectamos nuestras imágenes en Dios y desfiguramos la visión del verdadero Dios. Las imágenes sólo nos sirven cuando las usamos como ventanas hacia Dios. Pero si siempre nos preguntamos lo que nos aporta una liturgia o una meditación, no llegamos a Dios.
 

 

 

Una espiritualidad que realmente se ocupa de Dios y no, en primer término, de los sentimientos, es una espiritualidad sensata. Ambrosio habla de la «ebriedad sobria» del espíritu (sobria ebrietas) que se contrapone al entusiasmo ciego. Los místicos hablan de imágenes de la criatura en la que nos quedamos colgados. Y creen que cuando una criatura se instala en nosotros y nos quita la aflicción, nace esta criatura -y no Dios— en nosotros. Se trata de no permitir que los sentimientos y las vivencias eliminen nuestra aflicción, sino que sea Dios quien lo haga. Dios quiere nacer dentro de nosotros. El camino para este nacimiento de Dios atraviesa por tribulaciones, crisis y oscuridades, desiertos y campos áridos, y por un profundo silencio interior.

 

 

Anselm Grün