Un espacio en mi interior

 
Los lamentos están a la orden del día. Unos se quejan de excesivo trabajo, otros de su temor a frustrar las expectativas que alguien ha depositado en ellos, y muchos se quejan de sentirse solos, abandonados en sus proyectos, sin que nadie acuda a echarles una mano.

 

 

 

Ciertamente, hay que reconocer que la vida diaria trae sobrados motivos de queja. Pero, en cuanto humanos, somos mucho más que meros ejecutores de obligaciones, más que apoderados de negocios en crisis, mucho más que recetas mágicas para solucionar conflictos.

 

 

 

Tenemos en nuestro interior un espacio reservado, cerrado a las inquietudes de la vida, donde podemos respirar tranquilos porque Dios mismo nos protege contra todo poder de los hombres y del Superyó, contra el poder de la autoinculpación y el autorreproche. En ese espacio reservado puedo hacer esta experiencia: yo tengo faltas, pero no me identifico con ellas; soy culpable, pero no me identifico con mis culpas. En ese espacio queda relativizada toda necesidad coactiva de producir o de crear, no hay ningún poder definitivo sobre mí. Tampoco existen la angustia, la rabia, la decepción ni los autorreproches. Puedo decir libremente sí a lo que hay en mí. En ese espacio no necesito luchar para superar mis mediocridades rompiéndome la cabeza en el intento. Sé que en ese espacio no existe nada con poder sobre mí. Y como en ese espacio estoy curado en mi totalidad, soy libre para tratarme con suavidad y ternura.

 

 

Anselm Grün