Conócete a ti mismo

 
“¿De qué nos sirve poder viajar a la luna si no logramos franquear el foso que nos separa de nosotros mismos? Éste sería el más importante de todos los viajes y exploraciones; sin él, todos los demás son inútiles y destructivos”. Inmediatamente después del primer alunizaje, adelantó Tomas Merton, monje trapense y fecundo escritor espiritual, esta advertencia a un mundo fascinado ante las optimistas utopías de la técnica que daban alas a la imaginación, haciéndola pensar en ilimitadas posibilidades.

 

 

 

Han pasado varias décadas, y las palabras de Merton siguen siendo tan actuales como entonces. Hace poco me contaba una mujer su propia historia. Su antiguo compañero sentimental, empresario de grandes iniciativas, la había abandonado al quedar embarazada. Ese hombre sigue teniendo muchos admiradores, pero no le interesan para nada las mujeres cuando éstas pueden dañar su imagen. Es una prueba de la distancia que le separa de sí mismo. Profesionalmente sueña con ambiciosos proyectos. Es capaz de movilizar a medio mundo, pero incapaz de encontrar el camino hacia sí. No tiene ningún contacto con sus limitaciones hacia dentro y necesita disimularlas con éxitos hacia fuera. Mientras no allane el abismo que le separa de lo más auténtico de sí, tampoco será capaz de hacer feliz a nadie. Seguirá siendo siempre un tipo molesto, un hombre que necesita empequeñecer a otros para sentirse él grande. No puede vivir sin un cortejo de enanos dispuestos permanentemente a abrir la boca en gesto de admiración, como escribió el terapeuta muniqués Albert Görres. Ese hombre se niega obstinadamente a aceptar todo lo que pudiera abrirle los ojos a su propia realidad. Su actividad, eficaz a primera vista, resulta en realidad nociva para los demás. Nunca aportará nada positivo al mundo.

 
Anselm Grün