Encuéntrate contigo mismo

 

Encontrarse consigo mismo: he ahí una de las más importantes ocupaciones de todos cuantos avanzan por el camino interior. El encuentro con uno mismo y el conocimiento de sí era para los antiguos monjes la condición previa que abría la puerta del encuentro con Dios. “Si quieres conocer a Dios, aprende primero a conocerte a ti mismo”. Quien no se conoce a sí mismo proyectará necesariamente sobre Dios sus hondas aspiraciones y sus ardientes deseos, sus necesidades reprimidas. Lo que entonces adora es la proyección de sus propios deseos, pero sin contacto alguno con el verdadero Dios, siempre “el totalmente otro”. El conocimiento propio nos libera de nuestras ilusiones y, al hacerlo, abre los ojos a una visión clara y libre de esa realidad “completamente otra”. Dios ya no es una creación subjetiva; Dios aparece como una realidad objetiva existente fuera de nosotros.

 

 

 
Desde siempre se ha hecho consistir la vida espiritual, ante todo, en la recta orientación de las pasiones del alma, en la liberación del dominio de los pensamientos producidos por las emociones y en una situación de libertad interior. No es cuestión de valorar los sentimientos. Se trata de dejarles curso libre y contemplarlos. Se trata también de establecer un diálogo con los sentimientos y pasiones para hacer fecunda la vida espiritual con las energías positivas que en ellos se ocultan. La vida del espíritu brota cuando se ha dado curso libre a los sentimientos después de contemplarlos. Es una experiencia que hacemos ya en la estructura integradora del respirar. La corriente respiradora integra cabeza, corazón vientre, mente, sentimientos y vitalidad. Con su dinámica está señalando al hombre el camino hacia la verdadera humanización, hacia el verdadero hacerse hombre: aceptar, desprenderse, unificar, renovar. Es una experiencia a través del flujo respiratorio.

 

Anselm Grün