Admitir los pensamientos

 

El desasosiego en el ser humano tiene múltiples causas psíquicas. Es inútil, por tanto, todo intento de curarlo recurriendo a cambios exteriores. Quien desea y busca la paz sólo la encontrará cuando se sitúe frente a su desasosiego en un momento de paz y, desde ahí, contemple las causas de su estado y busque la manera de ponerse en sintonía interior.

 

 

Si consigo calmar mi desasosiego interior y me detengo a analizarlo en detalle, puede que descubra qué es lo que bulle y se agita dentro de mí. Y si lo logro, entonces habré descubierto que ese desasosiego tiene una explicación y un sentido. Lo que hace, en realidad, es sacarme de mi vana ilusión de pensar que puedo mejorar y controlarme yo solo con la práctica de una técnica exterior a mí. El desasosiego me demuestra mi impotencia. Si hago las paces con él y lo contemplo con serenidad, advertiré que mi alma se ha purificado y que todo mi interior se ha inundado de nueva luz. En medio de mi desasosiego experimento una profunda sensación de paz. El desasosiego, por tanto, “tiene derecho” a existir.

 

 

Nadie es responsable de los pensamientos que puedan asaltarle. La responsabilidad debe ponerse en la manera de tratarlos. Nadie es malo por tener pensamientos malos. Esos pensamientos no se producen dentro, sino que vienen de fuera. Esta distinción entre, por una parte, nosotros en cuanto personas y, por otra, los pensamientos que nos invaden desde fuera, ofrece la posibilidad de dar a los pensamientos un tratamiento adecuado. Nadie se sentirá culpable por verse asaltado, por ejemplo por un sentimiento de odio o de envidia. Lo razonable es reflexionar y llegar a saber cómo hay que reaccionar para que el pensamiento de odio se quede en mero atacante, sin llegar nunca a convertirse en dominador y señor.

 
Anselm Grün