No retener la dicha

 

 

 

«La mejor, la única manera de conservar el amor, es darlo. No hay lugar alguno donde exista una felicidad para ti solo. Si la dicha disminuye al compartirse, ya no es dicha para nadie». Así escribía Thomas Merton, el más conocido monje del siglo XX. Sin embargo, yo trato a menudo con personas cuya principal ocupación en la vida es rodearse de fronteras, aislarse de los demás. Tienen un lamentable miedo a ser explotados, a que alguien se aproveche, a ir demasiado lejos en sus compromisos con el prójimo. En realidad, quien es tan miope que no puede ver más que sus fronteras con angustia, nunca logrará disfrutar las gratificaciones de la capacidad de amar de que está dotado. El amor necesita fluir, comunicarse. De no ser así, el amor permanece imperceptible. Es imposible conservar el amor en un frasco cerrado. Se estropearía enseguida. Naturalmente, el amor tiene sus límites, porque todo lo humano es limitado. Nadie, fuera de Dios, puede amar sin límite. Pero, aunque no somos Dios, sí participamos del amor de Dios, que es infinito. Si nuestro amor humano, siempre limitado, se nutre de la fuente del ilimitado amor divino, puede manar de nosotros sin agotarse nunca. Más aún, si el amor va hacia los otros, verá engrosado su caudal. Es una recompensa inesperada. Quien ama esperando ser amado pronto verá cómo se seca la fuente de su amor. Por el contrario, quien confía en el amor que fluye en él se verá recompensado con amor cuando regala amor.

 

 

 

Sólo el amor vertido hacia fuera puede hacer feliz. La dicha que pretendo sujetar y retener sólo para mí deja de ser dicha verdadera. Thomas Merton, de acuerdo con todos los sabios del mundo, nos previene: una dicha que no se puede compartir es demasiado pequeña para hacer feliz a nadie. La dicha necesita siempre dimensión y libertad interior, una corriente de vida y de amor. Si pretendes sujetar la dicha y retenerla con intención egoísta, la has destruido y ha dejado de ser dicha.

 

 

Anselm Grün