Tensión del deseo

 

 

 

No existe amor sin deseo. El psicólogo Peter Schellenbaum, que ha descrito la íntima relación existente entre ambas emociones, afirma que tanto el amor como el deseo se localizan en la misma región del cuerpo, es decir, dentro del pecho y a la altura del corazón, exactamente allí donde presionamos con las manos cuando sentimos la intensidad del amor o el ardor de los deseos. Es precisamente la tensión del deseo la que da su pleno sentido al amor y lo llena de una misteriosa profundidad. La intensidad de dicha en el amor y la inexpresable pasión del deseo se relacionan íntimamente. El amor remite siempre a otro objeto superior a sí mismo. El amor es manifestación sensible de la necesidad de otro amor absoluto e incondicional: el amor divino.

 

 

Establecer conscientemente contacto con el propio deseo no significa en modo alguno huir de las realidades de la vida. Al contrario, cuando sentimos un ardiente deseo de Dios, de una realidad supramundana, de un lugar por encima de todo cuanto existe en este mundo, es cuando mejor podemos pacificar nuestros sentimientos y relacionarlos con las realidades mundanas, frecuentemente banales. Entonces no nos sentiremos decepcionados si la persona amada y objeto de nuestro amor no es capaz de satisfacer todas nuestras ansias de amor infinito. No pondremos en nuestra pareja expectativas desmesuradas que ningún ser humano es capaz de cumplir.

 

 

Yo trato a menudo con personas que esperan de la persona amada su propia curación, su liberación y una capacidad de dar plenitud definitiva a su vida. Son expectativas irrealizables por cualquier ser humano. El deseo ardiente relativiza las expectativas puestas en los hombres y nos capacita para un trato auténticamente humano con los humanos, dejando que los demás sigan siendo como son, sin pretender nunca compararlos con Dios. Esa comparación es siempre un absurdo.

 

 

Anselm Grün