Llamados a la plenitud

 

Todos estamos llamados a la plenitud humana que se manifiesta en el amor-entrega. El valor fundamental del hombre no depende ni de religión ni de raza ni de cultura. Los que buscaban su salvación en el templo, tiene que descubrirla ahora en “el Hombre”.

 

La Vida es fruto del amor. El egoísmo es la cáscara que impide germinar esa vida. La muerte del falso yo es la condición para que la Vida se libere. El amor es el verdadero mensaje.

 

La vida biológica cobra pleno sentido cuando se pone al servicio de la Vida. La vida humana llega a su plenitud cuando trasciende lo puramente natural. Lo biológico no queda anulado por lo espiritual, sino potenciado.

 

Se trata de ganar o perder tu “ego”, falso yo, lo que crees ser o de ganar o perder tu verdadero ser, lo que hay en ti de trascendente.

 

El amor tiene que superar el apego a la vida biológica y psicológica. En contra de lo que parece, entregar la vida no es desperdiciarla, sino llevarla a plenitud. Se trata de dar la vida, día a día, en la entrega confiada a los demás.

 

Toda vida espiritual es un proceso, un paso de la muerte a la vida, de la materia al espíritu.

 

Mi plenitud humana no puede estar en la satisfacción de los sentidos, de las pasiones, de los apetitos, sino que tiene que estar en lo que tengo de específicamente humano; es decir, en el desarrollo de mi capacidad de conocer y de amar.

 

Pensar en la salvación en términos negativos ha paralizado nuestro desarrollo. Salvarse no es evitar la condenación. La salvación es siempre positiva; sería llevarnos a una plenitud de ser

Fray Marcos

(adaptación)

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