30 mil motivos (Por Martín Sabbatella)

24 de Marzo de 2011

Este presente democrático contrasta antagónica y felizmente con aquel ayer dictatorial, pero además se distingue de otros aniversarios del golpe por la dimensión y la pluralidad que tiene el homenaje en el marco de una etapa histórica de gran participación y entusiasmo.

En estas horas, miles y miles volvemos a encontrarnos en las calles de Buenos Aires y de muchas otras ciudades del país para refrendar una vez más nuestro compromiso con la vida y con la Democracia, nuestra exigencia de que los responsables del horror genocida terminen sus días en la cárcel, nuestro deseo de que todos los niños apropiados recuperen su verdadera identidad, nuestra convicción de construir la sociedad de derechos con la que millones soñamos hoy y siempre. Esta tarde, el espacio público, el que nos pertenece a todos por presencia y compromiso, vuelve a vestirse con los colores de la alegría y la pasión militante, vuelve a sonar con los tonos de las canciones partidarias, con el ritmo de bombos y redoblantes, con las voces mezcladas de quienes nos sabemos en un mismo camino, más allá de la columna en la que marchemos.

En cuanto al escenario político institucional, el país vive un momento de tensión entre sectores que defienden intereses contrapuestos, pero claramente enmarcada en un imprescindible encuadre democrático. Salvo excepciones –cuya intrascendencia  invita a obviarlas–, el debate entre quienes expresan pensamientos más conservadores y quienes anhelamos transformaciones progresivas y profundas (con toda la diversidad que existe al interior de cada uno de esos dos grandes conjuntos) tiene tanta intensidad y extensión social como encuadre institucional y democrático.

Un porcentaje muy destacado de la población ha vuelto a participar, de una u otra forma, en la discusión sobre qué tipo de país y de sociedad debemos construir. Y eso se expresa tanto en el crecimiento de la militancia en partidos, organizaciones, centros de estudiantes, sindicatos, entre otros, como en la recuperación de la opinión y el debate político en todos los espacios de la vida cotidiana.

Luego de sepultar el paradigma de frivolidad e individualismo intentado por los neoliberales en la década anterior, argentinos y argentinas de todas las edades y regiones se dieron a la tarea de recuperar la política como una herramienta fundamental de participación y transformación. Contaron para eso con el aliento y la pasión militante de muchos dirigentes, entre quienes, sin dudas, se destacó el ex presidente Néstor Kirchner. Basta recorrer una marcha como la de hoy para hacerse una idea de cómo el homenaje está felizmente marcado por el color y el volumen de la militancia y el protagonismo popular, como pocas veces antes.
El escenario internacional y económico también resulta contrastante, sobre todo en la región. A mediados de los ’70, las corroídas democracias latinoamericanas sucumbían ante el peso del “orden” militar, que volvía con violencia a usurpar los resortes del Estado, como lo había hecho varias veces en el siglo XX, para ponerlo al servicio de los intereses económicos de los sectores más enriquecidos. Usurpación alentada, instruida y equipada por la principal potencia de Occidente, que desensillaba su declamado compromiso con la Libertad y la Democracia mundial para avalar a dictadores sangrientos y bandas de asesinos y apropiadores.
Este presente, en cambio, nos encuentra en un proceso de consolidación de la integración sudamericana (el Mercosur cumplirá 20 años pasado mañana) y en un momento de sintonía rupturista y transformadora en la región; el más intenso de las últimas décadas, con muchos presidentes comprometidos en la lucha contra la desigualdad y por la construcción de sociedades más democráticas, más libres, más solidarias, más justas y más igualitarias. La búsqueda de un crecimiento económico justo, que incluya en lugar de excluir y que avance hacia un reparto más equitativo de la riqueza, es un objetivo común hacia el que se avanza –con más o menos intensidad– en toda la región.

Por último, también es bien distinta y contrastante la sociedad en la que vivimos. Aún cuando es evidente que queda un largo trecho por recorrer, el clima social que se vive –después de aquellas tres décadas de hegemonía casi absoluta del paradigma neoliberal– da cuenta de un optimismo y una alegría social que, sin dudas, son consecuencia de que estamos por el buen camino. Ese optimismo y esa alegría son, también, el mejor terreno para edificar el futuro que soñamos. Mayoritariamente, los argentinos y argentinas acompañan –sin abandonar las observaciones, las críticas o los reclamos– el rumbo de transformación que vive el país.
Aunque un puñado de personas que perdieron o están perdiendo privilegios se empecine en describir que se cae el cielo y pronostique tormentas y huracanes que no acaban de llegar, la mayoría de nosotros seguiremos caminando, avanzando, encontrándonos en la construcción de una mañana aún más amplio, más luminoso, más plural, más diverso, más democrático, más para todos y para todas. Si aquel 24 de marzo de 1976 era la puerta de entrada a un país siniestro, violento, oscuro y sangriento, este 24 nos encuentra transitando en democracia, con pasión y con alegría, junto a muchos y muchas, la gran avenida que conduce a una Argentina como la que soñaron y lucharon por hacer realidad quienes fueron perseguidos, secuestrados, torturados, asesinados o desaparecidos por la dictadura militar. La sociedad siempre se viste un poco con el color de la realidad y otro poco con el de sus propios sueños; que son los nuestros, pero también fueron los de esos compañeros.

Tenemos muchos motivos para marchar. Tenemos 30 mil motivos para no bajar los brazos.