Últimos

 

Muchas personas se pasan la vida tratando de demostrarles a los demás que valen algo, que son importantes, que son capaces. Gastan inútilmente sus fuerzas y su tiempo preocupados por la aceptación de los demás, buscando ser aprobados. Lo peor es que viven comparándose, y si ven que otros son más queridos o más elogiados, entonces se sienten poca cosa y sufren profundamente por su vanidad insatisfecha. Pero de esta manera entran en una loca competencia por demostrar quién tiene la razón, quién es el más sabio, quién es más capaz, quién vale más. Esa lucha produce un profundo cansancio interior y termina llenando el corazón de tristeza e insatisfacción.

 

Por eso decía Carlos de Foucauld: “Señor, a mí dame el último lugar, ese lugar que nadie me querrá quitar”. Si elegimos ser los últimos y renunciamos a demostrar que valemos más, eso nos brinda una gran paz y una bella libertad interior. Dejamos de ser esclavos de la opinión ajena y caminamos en calma bajo la mirada amorosa del Señor. Al mismo tiempo, así nos liberamos de la envidia de los demás y de esa competencia permanente que hay en la sociedad.

 

Entonces renunciamos a ser más que otros.

 

No hay más ni menos, sino personas distintas, y todas importantes. Tampoco dejes que tus padres o tus amigos te coloquen en la cabeza el propósito de ser más que otros. Libérate de las expectativas de los demás. No necesitas ser más que nadie. Sólo necesitas dejar aflorar tu propio ser, ser tú mismo y serlo plenamente.

VMF