Llegar a ser sí mismo

El hombre vive permanentemente en tensión entre la angustia y la confianza, el entendimiento y el sentimiento, el amor y la agresión, la disciplina y la indisciplina. Algunas personas que sólo se manifiestan muy seguros de sí mismos, no tienen contacto sino con una parte de sí mismo. Por ejemplo, el hombre de entendimiento argumenta seguro de sí mismo, pero no es capaz de mostrar sentimientos. En cuanto el diálogo llega al plano de los sentimientos, se siente presa del pánico o se encierra en sí mismo. No tiene verdadero sentimiento del propio valor. Se experimenta a sí mismo de manera unilateral. Quien sólo vivencia una parte de sí mismo  reprime la otra parte y la desplaza al lado de sombra.

El sentimiento reprimido se manifestará entonces como sentimentalismo. La sombra puede manifestarse también en reacciones sensibles, en cuanto alguien toque los propios puntos débiles, perderá su seguridad y se saldrá de repente de sus casillas. La seguridad en sí misma, de la que tanto hacía exhibición, se desplomará en un segundo. Por el contrario, el que ha aceptado sus sombras, será capaz de reaccionar serenamente, cuando sea censurado o cuando se vea bajo el fuego de la crítica. Esa persona se conoce a sí misma, se ha reconciliado consigo misma, con sus propias alturas y profundidades. No la extrañará lo que puedan decir de ella. No la estremecerá fácilmente, porque el fundamento sobre el que ella se asienta firmemente, tiene dos piernas, dos polos, que esa persona ha admitido en sí misma.

El camino hacia el sentimiento sano del propio valor pasa por la aceptación de la sombra. Jung habla del llegar a ser «sí-mismo», y no del llegar a ser «yo». El «sí-mismo» es cosa distinta del «yo». El «yo» es únicamente consciente. El «yo» quiere imponerse. Con harta frecuencia nos aferramos al «yo». Para llegar hasta el «sí-mismo», he de desasirme del pequeño «yo». Tengo que bajar a mis propias profundidades y descubrir mi verdadero núcleo. A menudo no resulta fácil al hombre «bajar de sus alturas y permanecer también en las bajuras. Se tiene miedo, en primer lugar, de perder el prestigio social. Y, en segundo lugar, de perder la conciencia moral que uno tiene de sí mismo, si se confiesa sus propias debilidades».

Tan sólo aquel que haya llegado hasta ese núcleo interior, hasta su verdadero «sí-mismo», tendrá un genuino sentimiento del propio valor. El que se halle en contacto con su «sí-mismo», independiente de los demás. Ha encontrado el camino hacia sí mismo, hacia su propia dignidad. Y será capaz de permanecer en sí mismo, de mantenerse en sí mismo. El viaje a la propia interioridad es tan fascinante, que entonces no se consideran ya tan importantes la alabanza o la crítica que vengan del exterior.