Búsqueda y encuentro

Lc 19, 01-10

El relato parece tener especial cuidado en señalar las actitudes y los sentimientos de los personajes:

· Jesús es el que toma la iniciativa, rompiendo tabúes y prohibiciones, porque sabe ver en cada persona a un «hijo de Abraham», es decir, a alguien de fondo siempre bueno y valioso, inocente y limpio –como «Zaqueo»-, más allá de su «profesión» y de sus hechos «impuros».

· Zaqueo manifiesta un interés inicial, que se transforma inmediatamente en alegría, y genera una actitud de reparación, desprendimiento y generosidad desbordante.

· La gente, dejándose llevar por los propios prejuicios sociales y religiosos, se encierra en la murmuración. Para ellos cuenta únicamente la «etiqueta» y lo descalifican como «un pecador» y descalifican a Jesús que manifiesta cercanía, comprensión y amor.

Este hecho nos permite identificar el «tipo de conciencia» que se halla detrás de cada una de esas tres actitudes.

«Zaqueo» es el «yo» que, insatisfecho, busca, quizás sin saber qué.

La «gente» es el «ego etiquetador», identificado con sus propias ideas, incapaz de ver más allá; incapaz de apreciar el fondo de las personas.

«Jesús» es la Presencia amorosa –el «Yo soy» universal, ilimitado y atemporal- que «ve» en profundidad, más allá de las «formas», en una «Identidad compartida» en la que, aun sin ser «iguales», nos reconocemos «lo mismo».

En cada uno de nosotros conviven esas tres «realidades» o perspectivas.

En nosotros hay un «yo» que busca, probablemente insatisfecho, intuyendo que hay «algo más» que aquello que él está viviendo. Lo que va buscando, aun sin saberlo, es simplemente descubrir quién es, reconocerse en su identidad más profunda –la que trasciende el «yo»-, anclarse en la Comprensión.

En nosotros convive también un ego autosuficiente que, reducido a la mente, no hace sino repetir las pautas o patrones mentales y emocionales recibidos desde la infancia. Por eso, mientras la persona no sea capaz de «tomar distancia» de su propia mente, será imposible la percepción de su verdadera identidad.

En cada uno de nosotros, vive también «Jesús», la Presencia atemporal e ilimitada. Es nuestra Identidad más profunda; en la medida en que emerge, la percepción de las cosas se modifica de un modo radical.

Por aquí parece que va nuestra «tarea», para crecer en conciencia, desidentificarnos de la mente, salir de la prisión del ego… y reconocernos en quien somos. Todo lo demás se nos irá dando «por añadidura», como decía también el propio Jesús.

Enrique Martínez Lozano

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