Pariéndonos a nosotros mismos

Todos podemos tener un segundo nacimiento, y crear la persona que no fuimos hasta ahora. Recuerdo el momento de gran inspiración cuando decidí parirme a mí misma. Fue un gran estremecimiento, sentí el dolor de dejar partir todo lo que ya no deseaba para mí, en especial mis diálogos internos limitantes y muchos condicionamientos de crianza y culturales. La sacudida fue fuerte. Fue una transformación deseada, como un hijo buscado con muchas ganas. Fui mi propia madre y mi propio padre. Me crié como yo misma elegía, porque decidí que era lo suficientemente adulta y madura para darme forma como yo eligiera. Ya no había nadie a quién culpar por lo que yo no era. Me había parido a mí misma, y me daba forma como artesano a la arcilla húmeda. Plantaba en mí las semillas que yo elegía y retiraba los yuyos cuando notaba que no eran lo que yo deseaba.

El proceso de parirse a uno mismo es el acto de amorosidad por excelencia. El cuidarte, el vigilar tu sueño, el nutrirte con la mejor leche, el cantarte por las noches cuando tienes miedo y te sientes solo, con mucha ternura, hasta que se te pase y te llenes de una emoción más placentera. El acompañarte y estimularte cuando vas a dar los primeros pasos, con brazos seguros que te abrazan y te esperan para sostenerte y levantarte si te caes por unos segundos.

Cuando veo que alguien se abandona, se censura, se deja con hambre y sed, le pregunto:¿Harías eso con alguno de tus hijos?; ¿Y si fueras tu propio hijo o hija? ¿Le mezquinarías todo lo que te estás privando todo el tiempo? Cuando alguien me dice: «Yo no soy prioridad», le pido que se vea como un bebé que requiere atención, amor y cuidados. Todos somos prioridad, porque si no lo somos, ese descuido y negligencia que practicamos constantemente con nosotros, lo trasladamos también a nuestros hijos, parejas, gente que decimos que amamos.

Cuando nos tratamos dulce y amorosamente, les enseñamos a los demás a hacer lo mismo.

Laura Szmuch 

Las seis inspiraciones, Gran Aldea Editores