La atención como trabajo negativo

Estar presentes es estar atentos. Pero, ¿qué es la atención? La atención es, en primer lugar, un trabajo negativo: vaciar, quitar cosas, suspender, abrir un intervalo, interrumpir… Es Simone Weil, la pensadora por excelencia de la atención, quien ha sabido ver y explicar mejor esto.

En un texto maravilloso, pensado como inspiración para los profesores y las alumnas de un colegio católico, Weil afirma que la formación de la atención es el verdadero objetivo del estudio y no las notas, los exámenes, la acumulación de saber o de resultados.

Weil distingue atención de concentración o “fuerza de voluntad”: apretar los dientes y soportar el sufrimiento no garantiza nada a quien estudia, porque el aprendizaje no puede ser movido más que por el deseo, el placer y la alegría. La atención es más bien una especie de “espera” y de “vaciamiento” que permite acoger lo desconocido.

“La atención consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto.

Hay que vaciarse de a prioris para volvernos capaces así de atender lo que una situación particular nos propone y tiene para entregarnos. Vaciarse no significa olvidar o borrar lo aprendido, sino más bien ponerlo entre paréntesis para poder captar así la novedad y la singularidad de lo que viene.

¿Cómo vaciarse? Simone Weil anima por ejemplo a reconocer la propia estupidez, a volver una y otra vez sobre nuestros errores para bajarle los humos al orgullo: el orgullo es un obstáculo para el aprendizaje, sólo aprende quien se deja “humillar” por lo que desconoce.

“La mente debe estar vacía, a la espera, sin buscar nada, pero dispuesta a recibir en su verdad desnuda el objeto que va a penetrar en ella…

Atender es aprender a esperar, una cierta pasividad. Todo lo contrario de los impulsos que nos dominan hoy día: impaciencia, necesidad compulsiva de opinar, de mostrar y defender una identidad, falta de generosidad y apertura hacia la palabra del otro, intolerancia a la duda…

El embotamiento actual de la atención está relacionado con estas formas de saturación. Una buena maestra empieza entonces por vaciar: bajar las defensas, abrir los corazones y los espíritus, ayudar a desamarrarse de las propias opiniones, a tomarle el gusto a explorar lo desconocido, sin miedo, ni ansiedad, en confianza. Esta atención no se “enseña”, sino que se ejercita. Se enseña mediante el ejemplo y la práctica.

Amador Fernández Savater

www.enriquemartinezlozano.com