Imágenes del propio valor

Hay muchas imágenes del sentimiento del propio Valor, proyectadas por los diversos psicólogos. Pero podemos contemplar también las imágenes que la Biblia escoge para expresar un sano sentimiento del propio valor. 

Tenemos la imagen del árbol que crece desarrolla a partir de una insignificante semilla de mostaza (Mt 13,3ls). El árbol se alza muy alto, echa profundas raíces en la tierra. Es la imagen de una persona que asume su propia responsabilidad, una persona a la que no es tan fácil derribar. Se halla firmemente arraigada en Dios. Cualquiera que pase por allí podrá apoyarse en el árbol y buscar protección y ayuda en su sombra. 

Tenemos la imagen de un tesoro en el campo (Mt 13,44s). El valioso tesoro representa a nuestro «sí-mismo». Se halla en pleno campo, en medio de la suciedad. Hemos de excavar en la tierra para encontrar nuestro verdadero «sí-mismo». 

Tenemos la imagen de la perla preciosa (Mt 13,45s). La perla se forma en la herida de la ostra. En medio de nuestras heridas podemos hallar nuestro «sí-mismo», la imagen que Dios se ha formado de nosotros. La herida rompe todas las imágenes que nosotros queremos estampar sobre nosotros mismos y con las que encubrimos nuestro verdadero «sí-mismo».

Con estas imágenes la Biblia quiere mostrarnos quiénes somos nosotros en realidad; que nuestro «sí-mismo» es un misterio en el que Dios mismo se nos muestra, y en el que tenemos participación en Dios. Y quiere mostrarnos que nosotros somos más que la historia de nuestra vida y que el pasado que nos ha marcado. Esto se ve claramente por la imagen de un tronco de árbol del que brota un vástago. Del tronco hueco, resquebrajado, herido, fracasado, brota un nuevo vástago. El «sí-mismo» no es algo que podamos retener. Se hace visible precisamente cuando en nuestra vida hay algo que se ahueca y resquebraja. El consolador mensaje de la Biblia es que de ese tronco resquebrajado y seco puede brotar algo nuevo; que precisamente allá donde todo parece estéril, el tronco florece y se convierte en bendición para otros (cf. Is 11,1). 

Es una imagen consoladora que no confunde nuestro «sí-mismo» con el éxito externo y con la seguridad externa, sino que, en medio del fracaso, en medio de las llagas y heridas, descubre un «sí-mismo» formado por Dios, que supera toda desolación y destrucción, porque procede de la mano de Dios.

Anselm Grün –Cómo estar en armonía consigo mismo-