Estar en vela para vivir lo que somos

Mt 24, 37-44

Tanto la referencia a la historia de Noé, como las dos breves parábolas que siguen, se presentan con un matiz de «urgencia», que se traduce en una llamada a la «vigilancia»: «Estad en vela…, estad preparados».

En una lectura mítica (literalista), la «venida» se entendía como algo que habría de acontecer en un futuro más o menos próximo, y que comportaría un juicio con el correspondiente «premio» o «castigo».

Sin embargo, todo ello puede leerse también desde otro «idioma» que, respetando la intuición de base, nos ofrece, sin embargo, una perspectiva amplia y actual.

Parece que Jesús utilizó la expresión «hijo del hombre» para referirse a sí mismo. Y que su primer significado –tal como lo entendía, entre otros, el experto Juan Mateos- era sencillamente «este hombre».

Pero también esa misma expresión podría aludir al «hombre realizado», al ser humano logrado o pleno. Y es de él de quien se afirma que «está viniendo».

En este sentido, «hijo del hombre» sería exactamente lo opuesto a «ego». Y es precisamente nuestra identificación habitual con el ego lo que nos impide «ver» o reconocer al «hijo del hombre» que «está viniendo», es decir, que está queriendo mostrarse.

Debido a esa dinámica, vivimos frecuentemente dispersos –»la gente comía, bebía y se casaba»-, entretenidos o distraídos. Necesitamos, según la palabra de Jesús, «estar en vela».

Nos resulta difícil permanecer a gusto con nosotros mismos porque probablemente no hemos aprendido a amarnos de un modo humilde e incondicional. No es raro que, al sentir malestar o miedo a nuestro mundo interior, optemos por la «distracción» o el «entretenimiento».

Por otro lado, vivimos dispersos y ansiosos porque hemos crecido con la idea –alimentada por nuestra mente- de que nos falta «algo», que se halla «fuera» de nosotros, con lo cual lograríamos disfrutar de la felicidad ansiada.

Pues bien, frente a ambas tendencias, la palabra nos invita a «estar en vela», es decir, a vivir en la atención o en la consciencia de quienes somos y de lo que hacemos.

Atención amorosa para poder reconciliarnos con toda nuestra verdad, vivirnos como amigos de nosotros mismos y experimentar el gusto profundo de habitarnos conscientemente.

Consciencia lúcida para reconocer que no somos el «yo carente» (o ego) que nuestra mente piensa, sino el «hijo del hombre», la Plenitud ilimitada, la Vida sin límites que, temporalmente, ha tomado la forma de nuestro yo individual.

Esta consciencia lúcida equivale a «estar en vela»: estamos «despiertos» acerca de nuestra verdadera identidad. Y, desde ella, todo adquiere otro sabor. Es ahí precisamente donde «conectamos» hondamente con la Presencia de cada hombre y de cada mujer, ya que la identidad del «hijo del hombre» es una identidad compartida.

Enrique Martínez Lozano

Extracto –la versión completa la podemos encontrar en www.enriquemartinezlozano.com-