El miedoso

Siguiendo con las imágenes de un deficiente sentimiento del propio valor, hoy:

En la parábola de los talentos se habla también de comparar. El tercer criado tiene la sensación de que va a salirle todo mal. Pero en esta historia se describe también otro aspecto de la falta de sentimiento del propio valor: la angustia, el miedo. El tercer criado se disculpa ante su amo por haber enterrado el talento. El miedo al amo es la razón de que el criado entierre su talento; de que pase de largo por la vida. El miedo le induce a asegurarse. En todo caso, lo que quiere evitar es cometer un fallo. Y este miedo, esta angustia, le impulsa a controlarse y controlar su vida. Entierra el talento para controlarlo. Pero hay una ley fundamental en la vida y es que el que quiere controlarlo todo, pierde de algún modo el control sobre su propia vida. Y, así, una vida vivida en la angustia se convierte finalmente en un morir y rechinar de dientes.

Muchas personas han sido heridas en su sentimiento del propio valor, porque se les ha predicado un Dios que inspira miedo y angustia. La imagen que uno tiene de sí mismo depende intensamente de la imagen que se tenga de Dios. Quien, de niño, al pensar en Dios, siente inmediatamente angustia y miedo, porque el Dios que le han predicado infunde miedo, se enterrará necesariamente a sí mismo, tratará necesariamente de controlarlo todo. No sólo tiene miedo a Dios, sino a todo lo que lo amenaza. Tiene miedo a la muerte, miedo al fracaso, miedo a que otros lo critiquen. Jesús, al describir la consecuencia del miedo y de la angustia, quiere invitarnos a ir por el camino de la confianza, a ponernos en juego a nosotros mismos. Lo importante no es que acrecentemos nuestros talentos, sino que aventuremos nuestra vida.

Ante el Dios «contable», que asienta minuciosamente en los libros todo lo que hago, yo no tendré ninguna oportunidad de experimentarme a mí mismo como valioso. Me sentiré constantemente juzgado y condenado. La imagen del Dios castigador se interioriza a menudo en una conciencia moral atemorizada, que se atormenta a sí misma, que se castiga a sí misma, y que constantemente se devalúa y deprecia a sí misma.

Las heridas recibidas por la imagen equivocada de Dios son distintas, evidentemente, en los hombres y en las mujeres. Los hombres ven menoscabado su sentimiento del propio valor por un Dios que sólo recompensa a los humildes; un Dios ante quien siempre hemos de sentirnos como simples pecadores, desacreditando desde un principio nuestra fortaleza. Muchas mujeres se sienten heridas por una imagen exageradamente masculina de Dios y por una teología puramente racional, que inconscientemente -al depreciar el sentimiento- deprecia también a la mujer. En sectores católicos, las mujeres, al verse excluidas del ministerio sacerdotal, se sienten a menudo depreciadas. En sectores pietistas, las mujeres tienen a veces la impresión de que ellas deben renegar de su condición femenina y aparecer en público como una figura neutra y asexual. En tales ambientes a una mujer le resultará difícil sentirse valiosa y desarrollar un sano sentimiento del propio valor.

Anselm Grün –Cómo vivir en armonía consigo mismo-