El encorvado

Seguimos con las imágenes de un deficiente sentimiento del propio valor

Lo peor de todo es que la piedad ha devaluado a veces a las personas con un falso concepto de la humildad. Y, así, algunos entienden la humildad como humillación de sí mismo, devaluación de sí mismo y destrucción de sí mismo. No podemos estar orgullosos de lo bueno que Dios nos ha concedido gratuitamente. Aun el orgullo justificado de lo que hay en nosotros, se rechaza como soberbia ante Dios. Cuando Jesús dice: «El que se humilla será ensalzado» (Le 14,11), entonces eso quiere decir: aquel que tiene valor para descender hasta la propia realidad, hasta las oscuridades de su alma, ese tal se elevará hasta Dios. Aquel que tiene valor para aceptar lo terrenal de su ser (humildad, viene de humus, tierra), ese tal comprenderá quién es Dios, se acercará más a Dios. En este aspecto la humildad se ha hecho algo muy moderno. Designa el valor para descender hasta la propia realidad, hasta lo oscuro de uno mismo, a fin de elevarse así hasta Dios. A menudo hemos entendido erróneamente la humildad como si fuera una actitud de los que andan encorvados, una actitud en la que nos empequeñecemos y despreciamos, no confiando para nada en nosotros mismos, y disculpándonos incluso de que existamos. Con esa humildad malentendida hemos falsificado el mensaje de Jesús y hemos inducido a muchos cristianos a que se abajen y desprecien a sí mismos, a que sospechen inmediatamente de todo lo grande que hay en ellos, calificandolo de soberbia y negando así la gloria de Dios que hay en el hombre.

Un falso concepto de humildad ha encorvado a los hombres. Pero Jesús no quiere a la persona encorvada y contrahecha, sino a la persona erguida y derecha. Lucas lo describe en la famosa historia sobre la curación de la mujer con la espalda encorvada (Le 13,10-17). Se trata de una mujer que lleva 18 años enferma. «Su espalda estaba encorvada, y no podía andar derecha» (Lc 13,11). La espalda encorvada revela su escaso sentimiento del propio valor. No es capaz de situarse derecha ante la vida. No puede manifestar su propia dignidad. Está abrumada por el peso de la vida. Tal vez otros la han oprimido y han cargado peso sobre sus espaldas, y ella no ha podido hacer nada en contra. Tal vez alguien le ha roto la columna vertebral. Quizás ella ha cargado sobre sus espaldas todos los sentimientos reprimidos. Y la espalda no pudo ya soportar el peso de los sentimientos no admitidos. Jesús endereza a la mujer con sólo mirarla, hacerla venir hacia sí y decirle todo lo positivo que ve en ella. Y Jesús pone en ella sus manos tiernamente. No le dice sencillamente: «¡La cabeza bien alta!», sino que le impone las manos, la toca, para que la mujer entre en contacto con la fuerza y dignidad que hay en ella. Tocada por el amor de Jesús, la mujer se endereza inmediatamente y alaba a Dios. Ahora experimenta ella su dignidad inviolable como mujer y comienza a alabar a Dios en medio de la sinagoga. Jesús quiere que la persona ande bien derecha, mientras que el presidente de la sinagoga, que es un hombre sin carácter («sin espina dorsal», como dicen los alemanes) y que se atrinchera tras la rigidez de las normas, quiere en cambio que las personas se encorven bajo el yugo de la ley.

Anselm Grün –Cómo estar en armonía consigo mismo-