El que se ha acomodado

Otra imagen de falta de sentimiento del propio valor la encontramos en la curación del hombre con la mano seca (paralizada). Representa al hombre que se ha acomodado, que ya no se atreve a nada. Tocando con las manos expresamos nuestros sentimientos delicados. Con las manos tocamos las cosas, hacemos labor creativa. Al hombre de esta historia se le había secado la mano (Me 3,1-6). El no acepta ya ningún riesgo. Las personas con escaso sentimiento del propio valor, no se atreven a menudo a expresar su opinión. Prefieren acomodarse. Cuando hay una ronda de conversaciones, miran primero a su alrededor para ver cuál es la opinión reinante. Entonces defienden la misma opinión. No se atreven a decir que no, cuando alguien les pide algo. Querrían ser populares con todos. Pero como quieren contentar a todos, permanecen incoloros y no encuentran finalmente a nadie que quiera ser realmente su amigo. Por su afán de contentar a todos, pierden el derecho a vivir realmente su propia vida.

La razón de esa conducta «acomodada» es que yo estimo únicamente mi propio valor por la confirmación e interés que recibo de los otros. Tengo que comprarme la aceptación por parte de otras personas. De niño no experimenté nunca que yo soy aceptado por mí mismo. Yo soy siempre aceptado a condición exclusivamente de que sea bueno y me acomode. Y, así, intento acomodarme y hacerme popular con todos. Andar buscando siempre la confirmación de los demás es vivir a nivel reducido. Siempre tiene uno que orientarse por los demás. Se tiene miedo de expresar la propia opinión, porque los demás pudieran reírse de uno.

Jesús cura al hombre que se había acomodado. Y lo hace ordenándole: «¡Levántate y ponte ahí en medio!» (Me 3,3)- Ahora no puede ya acomodarse; ahora tiene que situarse ante su propia verdad. Ahora tiene que adoptar su propia decisión. Sí, ahora todos los que están a su alrededor lo miran críticamente. Porque los fariseos observan sin perder detalle si Jesús va a curarlo en sábado, quebrantando así un mandamiento. Jesús no se acomoda. Jesús hace lo que considera recto. Y él defiende su actitud, defiende su convicción firme de que, para Dios, el hombre es más importante que la observancia de los mandamientos. Jesús mira a cada uno de los fariseos, que no tienen sentimiento del propio valor, sino que se atrincheran detrás de la norma común. Jesús mira a cada uno de ellos «con indignación y apenado». Está indignado por la dureza de corazón de esas personas. Se distancia de ellas y hace lo que él sabe que es justo hacer. Él sabe lo que quiere. Y lo pone por obra, aunque todos se vuelvan contra él. El no necesita hacerse popular entre la gente. Él hace lo que Dios le inspira hacer. Y de este modo es justo con los hombres.

Anselm Grün –Cómo vivir en armonía consigo mismo-