De la buena noticia a la amenaza

Mt 22, 1-14

En la Biblia, la boda es un símbolo cargado de significado: representa la relación de Dios con su pueblo, tal como lo expresa, de manera intensa y poética, el libro de Oseas. En los evangelios, se utiliza esa misma imagen como símbolo del “Reino de Dios”. Si entendemos el “Reino” como la “dimensión profunda de lo real”, la imagen no puede ser más adecuada.

En su nivel profundo, y a pesar de las apariencias en el nivel fenoménico o de las formas, lo real es una “boda”, es decir, una unidad indisoluble, donde no cabe separación: todo es uno.

Cuando Jesús afirma que el reino de Dios es como un banquete de bodas está diciendo lo que siempre han sostenido las personas sabias: lo realmente real es unidad, plenitud, gozo… En ese plano, todo está bien. Y esa es nuestra identidad, porque “el reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21).

La primera parte del relato subraya la gratuidad, la amplitud, la inclusividad, el gozo: todos caben en el banquete de bodas. Sin embargo, en la segunda mitad, se produce un cambio tan abrupto que resulta abiertamente contradictorio con el mensaje inicial. Es patente la mano de otro redactor animado por un objetivo sectario y proselitista: exigir la pertenencia a la comunidad –el “traje de fiesta” es una alusión al bautismo, puerta de acceso al grupo–, como condición para participar del “banquete”.

La identificación con la propia creencia llega a ser tan obtusa que ni siquiera cae en la cuenta de la contradicción en la que incurre: exigir la pertenencia al propio grupo como condición para participar en el “Reino”, es decir, para participar en la vida. No advierte que la vida no se alcanza a través de las creencias –no es el premio a lo que alguien cree–, sino que es aquello que somos todos.

¿Qué ha sucedido? Probablemente, en un lapso de pocos años, aquellas comunidades adoptaron un perfil sectario, característico de grupos religiosos nacientes y minoritarios, identificando la verdad con su propia creencia –de ahí nace la afirmación de que la propia religión es la única verdadera–, el “banquete” (inclusivo) con el “traje de fiesta” (excluyente).

La consecuencia es dramática: la buena noticia proclamada en la parábola inicial –todos tienen su lugar en el banquete de bodas– se transforma en amenaza y en castigo: quien no se integra en la comunidad es “arrojado fuera”, donde hay “llanto y rechinar de dientes”; la predicación posterior lo nombraría como “infierno” y lugar de tormentos eternos. De ese modo, la universalidad del mensaje primero se transformó en amenazadora intolerancia religiosa.

¿Cómo se explica el cambio? Sin duda, por la propia dinámica de todo grupo sectario, que absolutiza las propias creencias y juzga como errado a todo aquel que no las comparte. Lo que sucede es que, en este caso, el contraste es flagrante: la buena noticia convertida en amenaza. El mensaje de Jesús tergiversado en un punto decisivo por sus propios discípulos.

Las personas sabias no buscan seguidores –no hacen proselitismo–, mucho menos amenazan. La comprensión les regala un respeto exquisito a la libertad; saben que cada persona tiene un camino propio; viven compasión porque, aun sin justificar cualquier acción, la comprenden y son conscientes de que el mal es siempre fruto de la ignorancia.

¿Cómo me sitúo, en la práctica, ante posicionamientos diferentes?

Enrique Martínez Lozano