Cuando el otro está triste

Alguien dice «Me siento triste…» y corrrrren las personas del entorno a…

– Dar consejos sobre cómo debería dejar de estar triste: «No tendrías que sentir así, sino de esta otra manera», «No pienses así: Tendrías que pensar que… bla, bla, bla»…

– Decir alguna frase que, si no hace que deje de estar triste, al menos quizás el sujeto en cuestión nos deje de molestar con su tristeza: «Ya vas a rehacer tu vida!», «Mejor que murió así, porque si hubiera quedado asá hubiese sido mucho peor!», «No es para tanto! Los inmigrantes africanos perdieron todo, y a uno no le falta nada», «Todo pasa: siempre que llovió, paró» (y una larga lista de etcéteras…).

– Recordarle al doliente en cuestión todo lo que podría haber hecho y no hizo, cuya consecuencia es su tristeza hoy: «No te tendrías que haber casado con alguien así», «Deberías haberte ido del país cuando todos lo hacían, y no ahora», «Tendrías que haber elegido la misma profesión que Fulanita, que siempre tiene trabajo…»

Santo cielo! Yo también soy capaz de tamañas estupideces, lo asumo! Es como si el dolor ajeno nos atontara, y al músculo explicativo se le soltara la cadena, llenando de palabras lo que tendría que estar lleno de silencios, de abrazos, de espacio, de miradas…

Pensemos entre todos: ¿cuáles son actitudes que podemos ejercer con inteligencia emocional cuando alguien pasa por una situación difícil? ¿Cuáles otras NO son apropiadas? ¿Qué puede hacer un doliente (legítimo, real, no un quejoso crónico) para expresar lo que SÍ le hace bien y pedirlo, así como solicitar que el otro PARE con lo que no le hace bien?

Virginia Gawel*