A veces extrañamos la jaula

Porque dejar lo que nos oprimía no siempre implica dejar de percibirse a sí mismo como digno de esa opresión. Así como en el Sindrome de Estocolmo la persona secuestrada puede «enamorarse» insanamente de su secuestrador, puede que una parte nuestra todavía quede prendada de su jaula: una pareja maltratadora de quien nos separamos, una familia abusiva de la cual nos emancipamos, un trabajo explotador al que logramos renunciar… roles… lugares…

Y es que SER LIBRE ES CAMBIAR LA PERCEPCIÓN SOBRE SÍ MISMO: es recobrar la DIGNIDAD. Y eso significa: «Yo no soy dign@ de ninguna jaula». «Yo no soy dign@ de ese trato.» Y si extrañamos, el trabajo será NO VOLVER. Pedir ayuda para no caer en esa tentación de lo conocido, ese falso «olor a mí». Es una identidad irreal! Dejar esa identidad vieja implica retejer conexiones neuronales: quien se libera de la vieja jaula (cualquiera sea) desteje su cerebro, para tejerlo de una nueva manera. Y hay un momento, sí, en el que nos produce estupor el ver cómo nos habíamos quedado en esa jaula, e inclusive cómo sufrimos por no estar más en ella. ALLÍ SE HABRÁ CONCRETADO LA TOTAL LIBERTAD: viendo lo que era, tal como era.

Y tomando para sí una dignidad que se va volviendo INNEGOCIABLE. O sea: liberarse es liberarse de la jaula, y también liberarse de la añoranza de lo que la jaula no era, sino del «cariño» con el cual la habíamos investido.

Virginia Gawel

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