Sabiduría imperecedera

A la ataraxia en la Psicología Budista se le llama upekkha y se la define como “la ecuanimidad hace posible encarar la vida con todas sus vicisitudes en calma y tranquilidad sin perturbar la mente”.

Mira qué maravilloso párrafo nos regala el monje budista Bhikkhu Bodhi: “El significado real de upekkha es ecuanimidad, no indiferencia en el sentido de desinterés por los demás. Como virtud espiritual, significa ecuanimidad ante las vicisitudes de la fortuna mundana. Es la estabilidad de la mente, la imperturbable libertad de la mente, un estado de equilibrio al que no pueden alterar la ganancia y la pérdida, el honor y la deshonra, la alabanza y la culpa, el placer y el dolor. Upekkha es la libertad desde todos los puntos de autorreferencia; es la indiferencia ante las demandas del ego con sus ansias de placer y estatus, y no hacia el bienestar de los semejantes humanos.”

Esa ecuanimidad (ánimo igual, equilibrado, como actitud sabia hacia la vida), cobró raíces para Occidente en la cultura griega. Miren qué bella palabra proveniente de allí: ataraxia. Describe el proceso por el cual una persona, mediante la disminución de la intensidad de compulsiones o deseos desbordantes que alteren su estabilidad interna, pueda alcanzar ese equilibrio, que es el cimiento de una felicidad independiente de los sucesos externos. ¡Podría decirte que he visto personas pudiendo transitar el proceso de su propia muerte en estado de ataraxia! La ataraxia es, por tanto, tranquilidad, serenidad e imperturbabilidad ligada al espíritu.

Pero cuidado: esa ecuanimidad no nos priva de vivir apasionadamente. Es una paradoja: como le llamó Treya Wilber (la esposa de Ken, quien escribe “Gracia y Coraje” en su proceso de ir partiendo de este mundo) uno puede ejercer una ecuanimidad apasionada. Sí, ya sé que son atributos de la sabiduría, y que pueden parecerte inalcanzables. Pero no: estoy segura de que conocerás a algunas personas (posiblemente ya mayores) que han llegado a esta realización por haber tomado como enseñanza los avatares de sus vidas. Si ellos pudieron, yo también, tú también. Y trabajando sobre sí, se llega a ese puerto: primero de a ratos, luego cada vez más seguido, cada vez más hondamente, cada vez con más durabilidad… hasta que hallamos que… ¡nos hemos mudado allí! Y ya no hay sufrimiento inútil: por eso se puede tocar ese cimiento de felicidad no-condicionada. Lo imperecedero es tu cimiento. Construye tu casa sobre él.

* Virginia Gawel

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